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A pesar del frío, miles de peregrinos honraron a María de Itatí

El arzobispo de Corrientes, monseñor Andres Stanovnik, presidió en el mediodía de este viernes la misa central por el aniversario de la coronación pontificia de Nuestra Señora de Itatí. En su homilía, el pastor correntino recordó la “travesía histórica” que significó hace 110 años el traslado de la imagen de la Virgen, por el río Paraná, desde su santuario hasta el atrio del templo de la Cruz de los Milagros, donde “una multitud expectante esperaba el momento de la coronación”, que estuvo a cargo del obispo de Paraná, monseñor Rosendo de la Lastra y Gordillo.

“De allí en adelante, es la reina que se ganó el corazón de todos los correntinos y desbordó ampliamente hacia los pueblos vecinos”, dijo.
 
Por otro lado, en sintonía con el mensaje pronunciado a medianoche (con ocasión de la salida de la Virgen al atrio del santuario) indicó que “si Dios se revistió de un cuerpo humano real como el nuestro, quiere decir que nuestra carne es valiosa ante los ojos de Dios. Desde que él la abrazó por amor y la redimió de su tendencia autodestructiva, esta carne que llevamos es sagrada y no podemos hacer con ella lo que se nos ocurre, ni con la propia, ni con la nuestros semejantes”.
 
“El cuerpo de Jesús -explicó- no fue un cuerpo virtual, sino real, de carne y hueso; nació varón, como lo atestigua la Escritura: ‘y dio a luz a su primogénito y lo envolvió en pañales’. No se hizo varón por una extraña operación mental, basada en fantasías y confusas inclinaciones afectivas: construyó su identidad a partir del don que recibió en su cuerpo y en su espíritu, a través del maravilloso cuerpo de mujer de su madre”.
 
Además “creció y maduró junto a María y a José, viendo en ellos y aprendiendo con ellos la belleza y el bien que hay en la diferenciación varón mujer, y al mismo tiempo, la complementariedad y comunión que se da precisamente a raíz a esa distinción y por esa diferencia. Gracias a ellos, su Hijo Jesús tuvo una humanidad real y verdadera, asumió nuestra naturaleza humana entera, sin modificar ni quitar nada de lo que recibió, salvo el pecado. El pecado consiste precisamente en rechazar la condición humana así como fue creada, con sus exigencias y leyes propias y, en su lugar, construir algo mental, caprichoso y difícil de identificar con lo humano, algo que nadie sabe bien en qué consiste y hacia dónde nos lleva”.
 
Por último, llamó a contemplar a María de Itatí, “junto a la Cruz con ojos de discípulos, para aprender a asumir y abrazar lo que hoy nos corresponde a cada uno allí donde Dios nos puso: en el matrimonio y en la familia, en el estudio y en el trabajo, en la función pública y en organismos de solidaridad. Donde sea, actuemos no movidos por oscuros intereses, sino por el bien de todos”. (Aica)
 



 




 

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