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Acusan a un agente inmobiliario misionero de matar a su cliente en una ciudad de San Luis

Adrián Vila (42),oriundo de Buenos Aires, murió a manos del agente inmobiliario Otto Zimmerli (46), dueño de la inmobiliaria Suiza, ubicada en Avenida del Sol 1100, esquina Pellegrini, en el centro de la villa de Merlo. Todo hace creer que se habría generado una fuerte disputa entre ambos por la escritura de un terreno. “Tenía un cuchillo y quiso robar”, les decía en la puerta del negocio un rato después del crimen, a un par de conocidos, la abogada Fanny Fernández, esposa del misionero, autor de los balazos que terminaron con la vida de su socio y amigo. Un par de horas después se entregó en la Subcomisaría 19ª de Carpintería, con su abogado Mario Mini, confirmó el jefe de la Unidad Regional III, comisario mayor Italo Amaya.

Adrián Vila y Otto Zimmerli se hicieron amigos cuando el homicida lo convenció para venderle un terreno.



“Me cagaste. Y vos eras mi amigo”. Eso vociferaba Adrián Vila cuando bajó embravecido de su Gol gris ayer a la tarde. El auto quedó en marcha, con la puerta abierta sobre la esquina de la inmobiliaria Suiza. Un balazo certero silenció su perorata. Así se lo contó a la Policía y a los familiares del hombre una empleada del local contiguo al del empresario Otto Enrique Zimmerli, acusado de haber gatillado contra la corpulenta humanidad de quien fuera algo más que un cliente furioso por sentirse estafado en la compra de un valioso terreno sobre el faldeo del Comechingones. Era una cuestión de códigos. Eran amigos. Socios. Y la fatalidad los dejó enlazados para siempre en Merlo.



Aunque tenía 42 años, Adrián aparentaba mucho menos. Pasó buena parte de su vida entre pesas y fierros de gimnasio, algo que delataba su espesa y fuerte musculatura. Pero las miles de horas dedicadas a ese deporte no lograron borrar sus costumbres de campo, caballos y naturaleza, forjadas en las tranquilas hectáreas bonaerenses de Azul, donde creció. Por eso, cuando su madre murió hace un par de años, quiso recuperar el paraíso de su infancia. Vendió el gimnasio que regenteaba en La Plata, rescató a su padre de aquel predio lleno de recuerdos, alistó a sus perras Mina y Nina, y emprendió viaje, huyendo de un destino que lo persiguió hasta las sierras tranquilas, en manos de quien le vendió la base para construir su sueño.



“Ellos pensaban irse a vivir a Mina Clavero y pasaron por Merlo porque se enteraron que yo estaba laburando en el urbano. Fue hace dos años. Me encontraron cuando bajaba del Mirador del Sol. Verlo me dio tanta alegría que bajé de la trafic y lo abracé. El se rió y me dijo: “Che, tenés gente esperando”, recordó Marcelo Vila, su primo, dejando escapar una sonrisa que estaba apagada desde el día anterior.



El reencuentro familiar en un paisaje imponente bastó para que Adrián y su padre quisieran asentarse en la villa serrana. Primero alquilaron una cabañita por días, después por meses. A falta de hijos malcriaba a sus perras y se negaba a tenerlas atadas, un gesto que molestaba a los vecinos con los que compartía el patio de su casa. En la búsqueda de una nueva morada conoció a Otto Zimmerli, que ya administraba su propio negocio inmobiliario luego de que lo obligaran a retirarse de otra firma de bienes raíces por conflictos con algunos clientes. Adrián, amiguero y entrador, no tardó en hacer buenas migas con el empresario.



“Le cayó bien, se hizo amigo. Este tipo se le fue metiendo por el lado en el que lo podía convencer y lo envolvió en la amistad. Así le alquiló esta casa. Sabiendo que Adrián buscaba un terreno para comenzar un proyecto turístico, le contó de uno que había elegido para él mismo, con vertientes, de espaldas a las sierras, el último de los lotes en Cerro de Oro. Se lo ofreció y con eso lo enganchó para vendérselo. Su sueño era un lugar así”, afirmó Marcelo, rodeado por una decena de amigos que asentían silenciosos y cabizbajos en el patio donde hoy, ajenas a la tragedia, descansaban Mina y Nina, ajenas a todo.



Nada sabía Adrián que los suelos del faldeo están vedados a las construcciones porque el Concejo Deliberante de Merlo todavía no termina de armar el nuevo plan de ordenamiento territorial. Zimmerli tampoco se lo dijo. Se tuvo que enterar por comentarios que lo llevaron a indagar en los papeles del terreno. El asesoramiento de una escribana le confirmó las sospechas: una escritura irregular, sin los sellos que acreditaban su rol de dueño.



Javier, un amigo de Vila, retrató los sentimientos que en aquel entonces cruzaron por la mente del deportista: “Se sintió estafado, defraudado. Eso es lo que más le dolió. A esa gente acá no la quería nadie y él le abrió su casa. Pasaron juntos una fiesta. Estaban trabajando juntos en las podas y hace poco hicieron sociedad, comprando a medias un tractor para empezar un proyecto en el campo”. Esa máquina, inmensa, impecable, hasta hoy estaba aparcada y embolsada a nuevo en la playita de estacionamiento que separa la casa de la víctima del local del presunto asesino. Un espacio de tres compartimentos donde Vila también guardaba su coche, al que Zimmerli ni siquiera atinó a recurrir para buscar su Clío violáceo luego de dispararle con la nueve milímetros a su amigo. Prefirió la fuga, corriendo Avenida del Sol hacia abajo. (El Diario de la Republica)



 



 

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