Obispo Martorell habla de la esperanza en Dios y en su Palabra

pastorales
DOMINGO 10 DE AGOSTO DE 2014 - 09:23
Obispo Martorell habla de la esperanza en Dios y en su Palabra

El titular de la Diócesis de Iguazú, Marcelo Raúl Martorell en su homilía de este domingo, refiere los mensajes de la Biblia, haciendo referencia a las lecturas del Antiguo y Nuevo Testamento incluidas en las misas de esta fecha

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En la himilía titulada “Espero en el Señor, espero en su Palabra” (Sal 129, 1), el Obispo señala:

La liturgia de hoy nos muestra a Dios que interviene en la vida del hombre, el cual cuando se siente agobiado por los problemas de la vida busca refugio en Él. La primera lectura nos presenta al Profeta Elías, quien abatido por las luchas y persecuciones, sube al monte Horeb para encontrar a Dios, sube al monte donde Dios se encontró con Moisés. Allí Dios le dice al profeta: “sal y aguarda al Señor en el monte”. El profeta obedeciendo a Dios, espera. Primero escuchó un viento huracanado, pero allí no estaba Dios; luego siguieron un terremoto y hasta fuego, pero como dice el texto: “en el viento… en el terremoto… en el fuego no estaba el Señor” (1 Re. 19,13). “Se escuchó un susurro” y allí estaba Dios. Dios estaba en una brisa suave, pues quiere aquietar los ánimos del profeta que está cansado y agobiado, quiere manifestarse como el Señor del auxilio y de la paz; por eso no se presenta en la tormenta. El Señor quiere manifestar su delicada bondad para con el profeta que está cansado y desesperado. Dios quiere infundir su paz y su ternura a aquel profeta fiel que en su nombre trabaja y predica. Es por eso que se manifiesta como “un susurro”, manifestándole la calidez de su intimidad.

El Señor se comunica así también con nosotros cuando estamos cansados y abatidos, ya sea por nuestros fracasos en la predicación y apostolado o por nuestros pecados que arraigados en nuestro corazón no podemos superar, y recurrimos a Él. Es necesario afinar el oído espiritual para captar el leve susurro que aquietará nuestros corazones. Allí se hará oír Dios para darnos de nuevo la paz y la fortaleza en el corazón. Acudir al buen Dios es como una necesidad del corazón frente a nuestras fatigas en el camino de la vida. Él se convierte en nuestra fortaleza y aliento.

Después de la multiplicación de los panes que leímos el domingo pasado, el Señor manda marchar a los discípulos, despide a la multitud y se retira solo al monte para orar. Los discípulos están cruzando el lago, hay tormenta, están fatigados de tanto remar. Así pasan la noche y cuando viene el alba ven venir a Jesús caminando sobre el agua y creyéndolo un fantasma, gritan llenos de miedo y angustia. Pero la palabra del Señor los aquieta: “¡ánimo soy yo, no tengan miedo!” (Ib. 27). Pedro, más osado que los otros, le dice: “si eres tú mándame ir hacia ti andando sobre el agua” (Ib. 28). Pedro confiado en que Jesús tiene ese poder baja de la barca y va sobre el agua, pero viendo la violencia del viento, se asusta y a punto de hundirse le grita: “¡Señor, sálvame!” 

Jesús nos llama a andar por la vida turbulenta y tantas veces oscura y como Pedro,  instintivamente, tenemos miedo. Al igual que Pedro tenemos fe, pero aun así tenemos miedo de enfrentarnos con la vida. Sabemos que Jesús nos llama, pero tenemos temor, creemos que la fe es un salto al vacío sin percibir que en realidad es una plataforma de lanzamiento. Como en el Horeb, el Señor se revela en el lago. Allí está Dios en la persona de Jesús que revela su divinidad a los discípulos y tomando a Pedro lo sostiene y le dice: “hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?” (Ib. 31).

Debemos comprender que nuestra fe viene de Dios y en Él debemos apoyarnos como una plataforma de lanzamiento para ir a la vida y llevarlo a todos. Dios es nuestra esperanza y aunque a veces nos acompañe de lejos, está siempre dispuesto a socorrer nuestras necesidades y dificultades. Y cuando nos sintamos agobiados, angustiados, con dudas y con sensación del fracaso, estemos seguros que allí estará Jesús para susurrarnos en el corazón o para tomarnos de la mano como a Pedro. Como los Apóstoles -a diferencia de Elías- no nos cubramos el rostro, sino que pongamos en Él nuestra mirada y contemplemos su divinidad bajo el rostro humano del hombre, del hermano, del amigo que nos tiende las manos y nos sostiene frente a las adversidades de la vida. Debemos tener ánimo y esperar en el Señor, confiar en su Palabra que no defrauda, porque Él es el Señor de la Vida, de la historia, es el Señor de nuestra propia historia personal.

Que María, nuestra Madre del Cielo, nos ayude a descubrir a Jesús en los momentos más difíciles de nuestra vida.

+ Marcelo Raúl Martorell
Obispo Puerto Iguazú



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