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“Bendito seas, oh Padre, porque nos has bendecido en Cristo, nuestro Señor”

En la homilía dominical del obispo de Puerto Iguazú, monseñor Marcelo Martorell, expresa que “La liturgia de este domingo nos sitúa frente al misterio de la trascendencia y de la inmanencia de Dios, nos pone ante la contemplación del misterio de un Dios trascendente, pero también cercano, del Emmanuel, el Dios con nosotros. El texto del Eclesiástico (Eclo. 24, 1-4.12-16)  presenta a Israel como beneficiario de la inmanencia divina, como sede en la cual decidió habitar la Sabiduría de Dios”.

II Domingo después de Navidad



“Bendito seas, oh Padre, porque nos has bendecido en Cristo, nuestro Señor” (Ef. 1, 3)



La liturgia de este domingo nos sitúa frente al misterio de la trascendencia y de la inmanencia de Dios, nos pone ante la contemplación del misterio de un Dios trascendente, pero también cercano, del Emmanuel, el Dios con nosotros. El texto del Eclesiástico (Eclo. 24, 1-4.12-16)  presenta a Israel como beneficiario de la inmanencia divina, como sede en la cual decidió habitar la Sabiduría de Dios. Asimismo, en el prólogo de su Evangelio (Jn 1, 1-18) San Juan se refiere al Verbo en su trascendencia y en su inmanencia cuando afirma: “En el principio existía el Verbo y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios” (Ib. 1) y más adelante “y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Ib. 14).



El Eclesiástico nos dice que Dios se ha dado como don de Sabiduría al pueblo de Israel. Es la  Sabiduría divina que preexistía cerca de Dios en la creación del mundo, es la Sabiduría que ha salido de su boca, que ha puesto su tienda en Jerusalén y tiene como lugar de su reposo al pueblo de Israel. Es decir, que Israel goza de una sabiduría por medio de la cual Dios le revela sus designios y proyectos y le manifiesta el sentido de las cosas y de la historia. Con el paso de los siglos y al llegar la plenitud de los tiempos Dios no sólo se da como don espiritual en su Sabiduría, sino que se da a sí mismo de una manera inaudita al encarnarse el Verbo eterno haciéndose uno de nosotros, en todo igual a nosotros, excepto en el pecado y en sus consecuencias para la naturaleza humana.



Es Dios que por el amor infinito a sus creaturas rasga el misterio de su trascendencia, entra en la historia y se da a la humanidad en un recién nacido envuelto en pañales, gracias al Sí de una virgen cumpliendo así las promesas del Mesías anunciado por los profetas: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el que va a nacer se llamará Hijo de Dios” (Lc. 1,35). La Iglesia vive en estos días el tiempo del Nacimiento del Señor, el nacimiento en la carne de Aquel que es la Vida y que viene a darnos la plenitud de la vida. La Iglesia contempla y asimila el misterio de que el Verbo se haga carne para nuestra salvación. Él se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, esa es la fe de la Iglesia. El Verbo es Dios que al encarnarse y al cumplir el designio del Padre se hace Señor del mundo y de la historia.



La Carta a los Efesios (Ef. 1, 3-6.15-18) nos invita a leer de nuevo y con mayor profundidad el misterio del Nacimiento de Dios cuando afirma que “El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo… nos bendijo en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales. Ya que en El nos eligió antes de la creación del mundo…, nos predestinó a ser hijos adoptivos suyos por Jesucristo.” (Ib. 1,3-5). Este texto nos descubre el gran designio y vocación de todo hombre: ¡hemos sido predestinados en Cristo, somos elegidos por Dios en Jesucristo!



Jesucristo es el Verbo Encarnado. Éste es el misterio que contemplamos y adoramos en Navidad. Habló Dios por primera vez a través de la Creación, habló por Moisés, la Ley y los Profetas y definitivamente nos habló por Jesucristo, el Verbo, la Palabra de Dios hecha carne. Miremos entonces al Niño de Belén, contemplémosle, admirémosle, sigámosle e imitémosle. Sobre todo, recibámosle con fe, para que se cumpla en nosotros el plan de Dios, para que creyendo podamos ser engendrados en la gracia como hijos de Dios (Jn. 1, 12).



Al venir al mundo y hacerse hombre, Dios ha venido a quedarse con nosotros; pero también ha venido a llevarnos al cielo, a nuestra patria verdadera y definitiva. La Palabra fue enviada para hacer hijos de Dios a los que recibieran y creyeran en El. Jesucristo, es quien revela al Padre, Él es la plenitud de la revelación, superior a Moisés y a los Profetas. Es por eso que los cristianos debemos construir en la fe las cosas de esta tierra sabiendo –sin embargo- que nuestra patria definitiva está en el cielo. Jesucristo se encarnó y asumió todas las dimensiones de la vida humana redimiendo todas las realidades y se constituyó para nosotros en modelo de santidad. Los cristianos al hacer nuestro el Verbo de Dios en nuestra historia personal y comunitaria somos invitados a mostrar a través de nuestras obras que Dios hoy se sigue haciendo carne en la vida de los hombres, de las sociedades y de las culturas.



Pidamos a María -que con su “Sí” permitió la encarnación del Verbo- que renueve en nosotros la conciencia de ser pregoneros y testigos de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, para gloria de Dios Padre.



  + Marcelo Raúl Martorell
Obispo de Puerto Iguazú



 



 



 



 



 



 




 

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