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De la crisis del año ´30 al fin del siglo XX: desempleo, inflación y desigualdad

El nacimiento de la macroeconomía como campo de análisis y la implementación activa de políticas económicas por parte de los Estados son resultado de la crisis económica del año ´30. En aquel entonces la principal preocupación de dirigentes políticos y analistas económicos era combatir el cada vez más acuciante problema de la desocupación (en Estados Unidos, por ejemplo, la misma alcanzó durante la crisis valores cercanos al 25% de la población, siendo aún superior en otros países). En este sentido, y dadas las condiciones económicas imperantes (recesión y capacidad instalada disponible) las políticas diseñadas y ejecutadas tuvieron por interés recuperar la producción y el empleo a través del estímulo a la demanda. Lo publica el Semanario /6p en su edición Nº 119

En ese estado de cosas, los precios no responderían sensiblemente a las presiones sobre la oferta. En los años subsiguientes, y de la mano de un Estado protector, promotor e intervencionista (el Estado de Bienestar), el mundo atravesó etapas de elevadas prosperidad económica y bienestar social, período que en la actualidad se conoce bajo el nombre de “los 30 Gloriosos” (no debe olvidarse, sin embargo, el impacto de elementos como la reconstrucción de la segunda post-guerra). 



Ya en los años ´70, el panorama económico se presentaba harto diferente: economías operando con elevada capacidad instalada utilizada y grupos económicos con poder de fijar e imponer reglas en los mercados (grandes empresas y sindicatos). La crisis del petróleo del año ´73 trajo a la discusión un nuevo problema económico (por su dinámica y sistematicidad): la inflación. Las viejas recetas económicas no brindaron resultados y la economía keynesiana y el Estado de Bienestar asociado resultaron debilitados. El problema de la inflación aún persiste a pesar de las nuevas políticas económicas ensayadas y a los dos problemas macroeconómicos mencionados se agregó otro que, en las últimas décadas y desde el resurgimiento de las teorías liberales y el desgranamiento de las estructuras y poderes estatales, ha configurado un profundo flagelo económico y social: la desigualdad económica. 



Las características de la desigualdad



A pesar del estado tecnológico y científico avanzado, el mundo de hoy sufre aún (en diferentes grados) a los tres problemas mencionados: desocupación, inflación y desigualdad. Todos ellos se asocian a otra situación imperante en muchas de las economías del mundo, como es la pobreza.



Si en los años ´30 se trataba de una acuciante recesión, en el siglo XXI lo que se observa es un muy inequitativo reparto de los frutos del crecimiento económico. Un hecho paradigmático representan las protestas realizadas recientemente en Estados Unidos por un grupo de pobladores indignados, quienes dieron origen al conocido slogan “somos el 99%”. El grupo de críticos habitantes estadunidense hacía referencia así a la enorme desigualdad en los ingresos que perciben el 1% más rico y el resto de la población.
 
Algunos datos del problema



Para el caso de éste país americano, ya en el año 1999 Emmanuel Tood escribía que “si quisiéramos resumir la evolución de Estados Unidos entre 1973 y 1995 deberíamos distinguir tres grupos estadísticos de tamaños muy desigual”, haciendo mención luego al 1% superior “cuyo enriquecimiento es espectacular” (La ilusión económica, Taurus, 1999, pág. 141).



En tiempos más recientes, el economista argentino Bernardo Kliksberg (Escándalos Éticos, Temas, 2011, pág. 53) aporta algunos datos que resultan reveladores:
“El 20% más rico de la población mundial tiene más del 80% del producto, el comercio, las exportaciones, las inversiones y más del 90% del crédito. El 20% más pobre, menos del 1%.



Luego agrega:
 
“La desigualdad en la distribución del ingreso pasó de 30 a 1 en 1960 a 74 a 1 en 1997, y ha seguido aumentando. La del capital acumulado que midió la Universidad de la ONU en 2006 es aún mayor. El 10% más rico tiene el 85% del capital mundial, el 50% inferior sólo el 1%.”



En otro escrito (¿Cómo enfrentar la pobreza y la desigualdad?, suplemento especial, Página 12, 9/10/11) el mismo autor afirma que:
“En la economía más poderosa del planeta, la de Estados Unidos, que produce el 28% del producto bruto mundial, un estudio del Economic Policy Institute midió la distancia entre el 1% más rico y el 90% de la población, entre 1980 y el 2006.
El 1% tenía 10 veces más que el 90% al comienzo del período y 20% más a su término.
 
Si se toma el 0,1% más rico, sus ganancias fueron aún mucho mayores.
Pasó de tener 20 veces más que el 90% en 1980, a 80 veces en el 2006”.



Por su parte, Cinca (Crecimiento económico, desigualdad y pobreza, Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, Madrid, pág. 3,  2011) aporta la siguiente información:



“En 2000, el 20% más rico recibía el 74% de la renta mundial, y el 2% más rico de la población mundial poseía la mitad de la riqueza mundial, mientras que el 20% más pobre recibía únicamente el 2% de la renta”.




Las raíces del problema



En la base del empeoramiento de la distribución de los ingresos a escala mundial pueden encontrarse:
– El desmantelamiento de los Estados de Bienestar y sus sistemas de protección y regulación social: las crecientes desregulaciones y liberalizaciones en las economías acentuaron la precariedad laboral y el desbalance en los poderes de negociación entre los grupos concentrados y aquellos más atomizados.
– El régimen económico no limita la acumulación de riquezas por parte de un individuo particular (vgr., las legislaciones no restringen la concentración sin límites). Por otra parte, se presentan limitaciones de diversa índole relacionadas con el poder de fiscalidad y el sistema de recaudación dirigido a la redistribución.
– La incapacidad de muchos países para estructurar (o consolidar) un sistema impositivo progresivo (sostenido principalmente por la fuerte incidencia del impuesto a las ganancias).




– El avance tecnológico produce beneficios de los que pueden hacer mejor uso los ricos antes que los pobres (y hasta en forma contrapuesta, como es el caso de una innovación tecnológica que reemplaza al trabajador por una máquina, mejorando la rentabilidad del empleador pero dejando sin empleo al primero)
– El cada vez mayor poder económico de las corporaciones implica: 1. presiones sobre los poderes públicos a favor de los intereses privados; 2. imposiciones -sin demasiadas dificultades- de sus reglas de juego económicas; 3. libre –o casi libre- movilidad de los capitales alrededor del mundo, dirigidos únicamente por un interés: maximizar la ganancia empresaria, colocando los criterios de eficiencia por sobre los de equidad; 4. desarticulación de los objetivos e intereses de las economías nacionales a partir de la preponderancia de la renta internacional desconectada de las problemáticas nacionales o regionales.



Por Horacio Simes


Magister en Economía. Profesor Adjunto de las Cátedras Macroeconomía I y Política Económica, y profesor responsable de la asignatura Economía Social de la UNaM. Ex coordinador del Área de Economía Social del Ministerio de Desarrollo Social de la Provincia



(Más en www.seispaginas.com)



 




 

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