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Egipto: la falta de distribución de la riqueza y de democracia

Hubo muertos en la búsqueda desesperada de pan, un alimento subsidiado por el gobierno que, así y todo, había aumentado, en el último año, más del 100 por ciento. De modo que, las revueltas en Túnez “contagiaron” a Egipto y se teme que se extienda por los demás países árabes. Curiosamente desde la Liga Arabe se oyen voces imputando a Barak Obama la responsabilidad por lo que está ocurriendo. Sin embargo, objetivamente, la pobreza, las profundas desigualdades sociales y la falta de libertades constituyen denominadores comunes al mundo árabe, a pesar de sus recursos naturales –por ejemplo proveedores de petróleo-. Ese contexto de hambre y pobreza es también el alimentador del fundamentalismo y de la aparición de dirigentes mesiánicos tipo Ben Laden.

De modo que las reformas políticas y sociales que demandan hoy las multitudes en las calles, la oposición, tienen también por Norte la salida del atraso de una nación con ubicación estratégica: ingreso al mar Mediterráneo, vecino ponderado de Medio Oriente, de Israel. Es así que estas revueltas que no se aplacan con un cambio de gobierno traen a la memoria la caída del muro de Berlín; es decir la bisagra del cambio de paradigma.



 



Pero además, lo que sucede en naciones proveedoras de materias primas estratégicas: hidrocarburos, más lo que viene ocurriendo en las naciones industrializadas, obligan a volver la mirada hacia otras naciones proveedoras de materias primas estratégicas: los alimentos. 



 



Contrariamente a lo que en aquellos países sucede, en Argentina, en Brasil se está en un proceso de crecimiento nacional con distribución de la riqueza que se genera internamente. Y compromisos con la región, como el que reactualizarán las presidentas de ambos países en la actual visita de Dilma Roussef a su par Cristina de Kirchner.



 



Acá en esta zona del mundo se escribe otra historia. Que también se escribe en Misiones, con un modelo provincialista que reivindica los propios recursos y adopta una política impositiva de redistribución de modo de crecer con la mayor inclusión posible. Estos modelos contrastan con los que están vigentes en aquellas zonas del mundo. Sus resultados: crecimiento, paz interior, convivencia.



 



Traducidos en números: en el cuarto trimestre de 2010, las familias argentinas que pertenecen el decil más alto de la sociedad recibieron ingresos 16 veces más altos que el 10 por ciento más pobre. En 2003, la diferencia era de 37 veces. Así, la caída de la desigualdad entre puntas en los últimos siete años fue del 54 por ciento. Se trata de un adelanto de la Encuesta de Hogares.



 

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