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El cacerolazo vergonzoso o la oligarquía al descubierto

Con el total abandono de las nomas éticas elementales, admitidas por el periodismo en todo el mundo, los medios concentrados pretendieron mostrar como una “mayoría” la que en la noche del jueves volvió a algunas esquinas “paquetas” de Buenos Aires a protestar por la “inseguridad y la inflación, aunque también por la política cambiaria del Gobierno”. En realidad, eran unas cuantas personas de los barrios ricos: Barrio Norte, Palermo, Recoleta. Los mismos que en el 2008 habían protestado por las retenciones a las exportaciones y a comienzos de esta década por la plata atrapada en el corralito. Ahorros que este gobierno de Cristina de Kirchner al que tanto critican les devolvió. Ahora protestaron, en rigor de verdad, por los obligación de blanquear dólares, por un lado, y, por el otro, por el revalúo de los campos en la Provincia de Buenos Aires.

El gobernador Daniel Scioli tuvo el atrevimiento de revaluar las tierras que no se actualizaban desde 1955 (en la historia no suele haber coincidencias casuales).

“Acá tienen cloacas, yo no tengo gas ni cloacas, no tengo un montón de cosas y pagamos el gas y la luz mucho más caro que acá porque tenemos mucho menos niveles de subsidio, y no reclamamos tanto”. Era la definición de la cruda realidad, que apenas unos días antes del vergonzoso cacerolazo, había hecho el gobernador de Misiones Maurice Closs a los periodistas porteños. A propósito de la consagración de las Cataratas como una de las Siete Maravillas del Mundo.

“Las cacerolas suenan en Barrio Norte de la CABA cuando se aprueba la ley de revalúo de las tierras en Bs As. Aqui esta la timba sojera!!!”, señalaba a su vez en su sitio de Twitter el director ejecutivo de la Entidad Binacional Yacyretá (EBY) Oscar Thomas.

La afrenta de la injusta distribución de la riqueza en el país –su histórica deformación económica- se siente en las provincias con un relego histórico del que recién comienzan a salir en el comienzo de este siglo. Tan es así que la reversión que está en curso -y para muchos sigue siendo insuficiente o incompleta-, registra evidencias como las del cacerolazo del jueves.

Porque es ahora, algo más de 60 años después, cuando el poder económico concentrado y sus aliados de ocasión necesitan salir a la calle a reclamar el mantenimiento de sus privilegios. La oligarquía –ese poder concentrado en unas pocas manos- se ve en la obligación demostrarse al desnudo. Ya no puede mimetizarse en los gobiernos, escabullirse en los lobbys del Congreso. No tiene despachos oficiales para anudar exenciones. Tiene que pagar impuestos, como el más pobre de los argentinos, que cuando compra pan paga el Impuesto al Valor Agregado (IVA). Posiblemente no sepa que un 2 por ciento de los plantadores concentra el 50 por ciento de la producción de trigo de todo el país.

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