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El nuevo Obispo de Oberá llamó a construir una comunidad sin excluidos

El flamante titular de la Diócesis de Oberá, Damián Santiago Bitar (47) asumió en la tarde de este sábado en la Iglesia San Antonio de Padua, de la ciudad de la zona Centro, la prelatura sucediendo al ex obispo Víctor Arenhardt, fallecido trágicamente en mayo pasado. Al acto de asunción asistió el gobernador Maurice Closs y la misa concelebrada estuvo presidida por el El arzobispo metropolitano de Corrientes y administrador apostólico de la diócesis de Oberá, Andrés Stanovnik, quien lo puso en funciones. Al pronunciar su homilía, el nuevo Obispo destacó que “vivimos una época de grandes y valiosos avances científicos y tecnológicos, pero es indudables que los mismos no son suficientes para ofrecer al hombre el sentido pleno de la vida. El eclipse de Dios, decía Juan Pablo II, ha oscurecido la Verdad, sin Verdad no hay valores, no hay futuro. Los desiertos exteriores crecen donde crecen los desiertos interiores, nos decía el Papa Benedicto. Es necesario enseñar a vivir. Para eso vino Jesús del hogar de la Trinidad. Para eso nos dejó la hoja de ruta, O el GPS, el Evangelio, fuente de la verdadera sabiduría. En él encontramos, no opiniones sujetas al vaivén de los consensos, de las encuestas, de los opinólogos o de las modas”.

Homilía del nuevo Obispo



Todos los hombres verán la salvación de Dios. He querido recibir de manos del Arzobispo  metropolitano el báculo que pertenecía a nuestro hermano obispo Víctor como gesto pastoral de continuidad en el camino iniciado al crearse la Diócesis en junio de 2009. Lo recordamos con inmenso afecto iluminados por las palabras de Jesús ´Padre, quiero que los que Tú me diste, estén conmingo donde Yo esté´. Por él y padre Hugo ofrezco especialmente esta Eucaristía compartiéndoles lo que un Obisp me dijo al saludarme hace pocos días, ´con Víctor nos conocíamos desde el Seminario. Estate tranquilo, él te ayudará desde el Cielo´. Es la riqueza de la comunión de los santos. Que su repentina partida despierte el corazón de muchos jóvenes a quienes el Señor está mirando y llamando al ministerio sacerdotal y no teman en responder ´aquí estoy, envíame´.



Dando gracias por el camino recorrido, y valorando la entrega de quienes nos precedieron, obispos, sacerdotes, consagrados y laicos, en esta nueva etapa, en comunión con el Papa Benedicto y a la luz del magisterio de Aparecida, llevemos nuestras naves mar adentro con el soplo del Espíritu, sin miedo a las tormentas seguro que la providencia de Dios nos deparará grandes sorpresas.



En este momento quizás nos preguntamos como el apóstol Tomás, cómo vamos a conocer el camino.



Con absoluta claridad el Evangelio nos enseña que nuestra misión deberá seguir los pasos de  Jesus y adoptar sus actitudes.



Jesús recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas, proclamando la buena noticia del Reino y sanando toda clases de enfermedades y dolencias. Este es un verdadero programa, recorrer, proclamar, enseñar y sanar. Más sintéticamente lo decía hace unos años el cardenal Ratzinger, hoy Benedicto XVI, debemos concentrarnos en lo esencial, evangelizar y simplificar. Mostrar a las personas a Dios y decirles la verdad sobre la Creación, sobre la existencia humana y la verdad sobre nuestra esperanza que va más allá de lo puramente terreno.



´Recorred, vayan por el mundo y hagan discípulos míos a todos los pueblos´. Estas palabras del Señor resucitado son su gran mandamiento, su gran comisión. Cumplir este encargo no es una tarea opcional sino parte integrante de la identidad cristiana. Todo bautizado, o es discípulo misionero o no es un auténtico cristiano.



Por tal motivo, la Diócesis en todas sus comunidades y estructuras está llamada a ser una comunidad misionera que escucha con atención y discierne lo que el espíritu le dice a través de los siglos de los tiempos en que Dios se manifiesta.



Recorrer, misionar, no para revolucionar el mundo sino para transfigurarlo tomando la fuerza de Jesucristo que nos convoca en la mesa de su palabra y de la Eucaristía para buscar el don de su presencia, formarnos en su escuela y vivir cada vez más concientemente unidos a Él, maestro y señor.



Recorre, misionar, no consiste en imponer o presionar. La Iglesia crece no por proselitismo sino por atracción. Como Cristo propone al hombre la Verdad que nos hace libres, debiendo atraer todo así con la fuerza del amor.



Proclamar, no hay otro nombre dado a los hombres en el cual podamos encontrar la salvación sino el nombre de Jesús de Nazareth.



Nunca como en este tiempo se han multiplicado palabras, escritos, opiniones y propuestas. Pero también es cierto que nunca antes la confusión y la desorientación han copado las conciencias de las familias y las instituciones dejándolos como un barco a la deriva. Es urgente volver a proclamar el carisma porque sin Jesucristo la vida no cierra, sin Él no hay futuro. El hombre no sabe quién es ni cuál es su destino. Urge proclamar a Jesús, el crucificado resucitado porque Él es el Emanuel, Dios con nosotros. La plenitud de la Revelación, un tesoro incalculable, la perla preciosa, el camino, la verdad y la vida de hombres y mujeres, de hoy y de siempre.



Como Diócesis, con el apóstol Pedro, queremos proclamar “Señor a quién iremos, sólo Tú tienes palabras de vida eterna. Enseñadnos.



Vivimos una época de grandes y valiosos avances científicos y tecnológicos, pero es indudables que los mismos no son suficientes para ofrecer al hombre el sentido pleno de la vida. El eclipse de Dios, decía Juan Pablo II, ha oscurecido la Verdad, sin Verdad no hay valores, no hay futuro. Los desiertos exteriores crecen donde crecen los desiertos interiores, nos decía el Papa Benedicto. Es necesario enseñar a vivir. Para eso vino Jesús del hogar de la Trinidad. Para eso nos dejó la hoja de ruta, O el GPS, el Evangelio, fuente de la verdadera sabiduría. En él encontramos, no opiniones sujetas al vaivén de los consensos, de las encuestas, de los opinólogos o de las modas.



Jesús propone certezas, para que nadie viva en vano, para que edifiquemos la vida sobre roca, para que nuestra esperanza sea cierta. Qué fuerza tienen hoy estas palabras del Señor: ´El Cielo y la Tierra pasarán, mis palabras no pasarán´.



Debemos enseñar a vivir con el Evangelio en la mano porque quien abre su corazón a Jesús encuentra las claves de la vida y las respuestas a sus interrogantes más hondo.



Un campo de misión inmenso para la familia, la escuela, de las comunidades parroquiales.



Sanar, si al borde de los caminos de la vida nos encontramos con muchos niños, jóvenes, adultos y ancianos heridos en su dignidad a causa de la disgregación familiar, la violencia, la pobreza, la explotación, las adicciones, la injusticia social, el relativismo moral. Sanar a imitación de Jesús, el buen samaritano, será inclinarnos ante cada uno de ellos, sin distinciones, para ofrecer el aceite del consuelo y el vino de la esperanza. Un hombro que sostiene y un corazón que comprenda, un albergue que cobije y una mesa que se tiende.



Como discípulos misioneros nos dice Aparecida, debemos entrar en la dinámica del buen samaritano, con el imperativo de hacernos propios, especialmente con el que sufre, ayudando a generar una sociedad sin excluidos. Los elementos de trabajo para esta misión son aquellos que Jesús utilizó en la Última Cena y nos lo dejó como herencia testamentaria, la palangana y la toalla, para inclinarnos en actitud de servicio, lavando los pies de nuestro prójimo herido.



Queridos hermanos, este estilo no supone grandes planificaciones y grandes estructuras, sí exige hombres y mujeres nuevos, renovados por la novedad del Evangelio, como discípulos de Jesucristo y misioneros de su Reino.



Todos necesitamos recomenzar desde Cristo, todos necesitamos aprender de Él y adquirir los sentimientos de su corazón. Todos debemos permitirle a Dios la posibilidad de seguir siendo convertidos por Él.



Ya entramos en el Adviento. Dios nos visita. Estoy a tu puerta y llamo. No temamos abrir al Señor que viene, no llega como competidor o adversario. Llega como amigo y salvador. Ven Señor Jesús, que tu espíritu ilumine, renueve y santifique la Iglesia diocesana. Ven sobre todo tu pueblo, especialmente sobre los jóvenes, presente y futuro de esta tierra y de la Iglesia. Santa María del camino, Madre de Itatí ven con nosotros a caminar. San Antonio de Padua, patrono de la Diócesis ruega por nosotros. Amén.



 



 



 



 



 



 




 

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