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POSADAS

Fabiana, una madre que busca a su hijo

Ella le puso Eduardo. Antes de que se lo arrancara de sus brazos “una señora pituca, toda enjoyada, con mucha bijouterie”, en 1985, ella eligió Eduardo como su nombre. En su cama de la maternidad del Hospital Madariaga, no sabía que su madre había traicionado sus 16 años de ternura e inocencia y acordó esa entrega, tras anotarlo como hijo propio a sus espaldas.

“Y eso que mi madre estaba embarazada de mi hermano menor, que nació dos meses después, en el mismo Madariaga; y encima, le puso Eduardo”, cuenta ahora Dilma Fabiana Donaga, afligida, con sus ojos todavía asombrados. Bellos ojos negros en un rostro típico de los yerbales y los aserraderos del interior de Misiones.

Y ahora sueña con ver otra vez a “Eduardo” –ya hecho un hombre de 26/27 años- porque nunca más supo qué fue de su vida. Su familia no le dio datos. “Quiero encontrarte, hijo, yo te busco”, dice entre lágrimas, como si a espaldas del periodista estuviera el muchacho, con alas de angel.

Todo sucedió en 3º año de la ENET Nº 2. “A mitad de año yo me dormía en clase y no sabía porqué. Y hacia octubre o noviembre nació mi bebé”, dice emocionada. Dejó la escuela, se rebeló contra su madre y viajó a Buenos Aires. Aquí tuvo otra hija, María de los Angeles, hoy de 16, quien ya la hizo abuela joven.

Su nieta se llama Micaela y acaba de cumplir un año. La gente que la ve sollozar en este bar de la calle Corrientes, frente al Abasto porteño, la mira curiosa, pero enseguida nada otra vez en la vorágine de la ciudad.

Dilma nació el 26 de marzo de 1969, en Aristóbulo del Valle, Misiones, y a los 11 años “más o menos” llegó con su familia a Posadas. Comparte su hermoso nombre nada menos que con la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, pero a ella siempre le dijeron Fabiana su familia y sus amigos. Su padre, despedido de su trabajo en Aristóbulo, había conseguido contrato en la construcción.

Don Ceferino Donaga, ya fallecido, fue uno de los obreros que echaron los cimientos del puente Posadas –Encarnación. Mucho antes de que lo bautizaran San Roque González de Santa Cruz, él ya estaba casi tullido, porque un bloque de cemento lo aplastó y destrozó sus piernas y su cadera.

Los Donaga se instalaron en Posadas hacia 1980. Fueron a vivir a un barrio muy pobre.

El asentamiento precario estaba sobre Rademacher, a unas cuadras del Hospital Madariaga. Hasta allí llegaba en los 80 el pavimento. Justo en medio de la avenida, en un lavadero público porque el barrio no tenía agua corriente, su mamá Sonia Noemí Castillo –hoy con 67 años- lavaba ropa de la familia.

En ese caserío humilde y precario, se instalaron los Donaga al filo de los 80. “Era cerca del Barrio Belgrano, un poco más allá de Villa Urquiza”, cuenta Dilma, Fabiana para sus amigos y familiares. Y todos saben también que ha llorado a mares por ese bebé perdido en lo que, para su imaginación casi infantil, era la capital misionera allá por los 80. Buen dato para quienes, a pesar de los años transcurridos, aún sueñan con recuperar la identidad perdida.

Su embarazo fue en el año 1985, el padre de la criatura se llamaba Abel –hijo de una familia ferroviaria, de Entre Ríos- y nunca se enteró del parto de su noviecita, por la presión de la abuela materna. El parto fue “en octubre o noviembre de 1985 en el Hospital Madariaga y al bebé, con apoyo de las monjitas y de mi mamá, se lo llevó una señora pituca y enjoyada, que entró a la sala y me lo sacó de mis brazos”. Dos meses después, en el mismo Hospital Madariaga, nació Eduardo, su hermano menor.

Los Donaga, Ceferino y Sonia, tuvieron 9 hijos. “Yo soy la tercera mujer” cuenta con simpleza, tras llorar un rato al recordar el nacimiento de Eduardo, su hijo perdido. La mayor es Norma Graciela, que vive en España, le siguen Alicia Aurora, ella: Dilma Fabiana, Miguel Ceferino Donaga, Francisco Javier que reside en Perú, Sandra Noemí, Diego Ariel (hoy pastor evangélico), Laura Griselda y Eduardo, su hermano menor, quien le “robó” el nombre a su hijo. Dilma

Fabiana Donaga, hoy de 43 años, hizo la escuela primaria en Aristóbulo del Valle. Primero y segundo en el kilómetro 214 de Aristóbulo del Valle. Tercero, cuarto y quinto en el kilómetro 4 del centro de esa ciudad sobre la Ruta 14. “Con Maurice Closs –cuenta orgullosa- y si él supiera me ayudaría a encontrar a mi hijo. Siempre me tocaba hacer los trabajos de collage con Mauri y en su casa tomé por primera vez chocolatada. Jugábamos y nos divertíamos con él y su hermana Mabel. La mamá es muy generosa y Mauri ya tenía esa tremenda energía que hoy se nota en su trabajo de gobernador”.

Luego, los Donaga se marcharon de Aristóbulo, pues el cabeza de familia, Ceferino, se quedó sin trabajo. “Creo que era en la pileta de Mabel Conde. Y el medio hermano de mi papá, Alcides Ramos, lo conectó en Posadas y nos mudamos”.

La de Fabiana es una historia de búsqueda infructuosa, apuntalada por una confabulación de silencio cómplice, ignorancia y pasividad. Cuando hace unos años volvió para ubicar a “Eduardo”, su hijo, abogados y funcionarios judiciales le advirtieron que su madre terminaría presa.

“Me dijeron: la única salida que vas a lograr es que metan presa a tu Mamá y que tus hermanos menores vayan a un orfanato”, la asustaron.

Ahora, más fuerte y madura, ya sueña con el abrazo que le dará a su hijo. El primero, el de su adolescencia rota y perdida.

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