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“Jesús se compadece del leproso pero tiene más lástima de la lepra que destroza el alma”

Dice el evangelio de hoy: “Se acercó a Jesús un leproso y poniéndose de rodillas le dijo: Si quieres puedes curarme” (Ib. 40). El obispo de Puerto Iguazú, Marcelo Martorell, observa que este relato evangélico “nos pone frente a la consideración del misterio de la fe. Aquel pobre hombre enfermo y despojado de todo, despreciado por todos, sin embargo, no duda del “amor de Dios”, no deja de recurrir –a pesar de sus dolores y sufrimientos- a Dios, el Señor de la Providencia y del Amor a los pobres y se arrodilla ante él. Nosotros quizá por mucho menos que este hombre abandonamos y renegamos de Dios y de su Providencia”.

VI Domingo durante el año (b)



¡Señor, extiende tu mano sobre nosotros y cura nuestras heridas! (Mc.1,41)



La Ley de Moisés prescribía que los leprosos debían alejarse de los poblados, debían vivir en las afueras, lejos del contacto con la gente. Era una ley dura, pues los hebreos pensaban que la lepra era un castigo de Dios por los pecados cometidos, en consecuencia los leprosos eran evitados por todos y eran tenidos por “impuros”. El libro del Levítico 13,26 establecía que: “el leproso habitará solo y tendrá su morada fuera del campamento”. Los judíos tenían pánico de contraer esa enfermedad que los condenaba de por vida a vivir aislados de la comunidad, ser despreciados por todos, marginados y abandonados a su suerte.



Jesús se sabe Señor de la vida y Él mismo nos manifiesta que ha venido a redimir al hombre de sus pecados y consecuencias. Jesús ha venido a dar la salud a los pecadores y a curar a los enfermos. Y es esto lo que va anunciando y haciendo durante toda su vida pública: “no son los sanos los que necesitan del médico, sino los enfermos” (Mc. 2,15-17) y venían de todas partes para que les curara sus dolencias y aliviara el alma. Jesús al entrar en contacto con un leproso y curarlo transgredía la norma antigua, pero Él mismo es el Señor del Sábado y de la Vida y lo hace con resolución, como quién tiene pleno poderes. 



Dice el evangelio de hoy (Mc. 1, 40-45): “Se acercó a Jesús un leproso y poniéndose de rodillas le dijo: Si quieres puedes curarme” (Ib. 40). Este relato evangélico nos pone frente a la consideración del misterio de la fe. Aquel pobre hombre enfermo y despojado de todo, despreciado por todos, sin embargo, no duda del “amor de Dios”, no deja de recurrir –a pesar de sus dolores y sufrimientos- a Dios, el Señor de la Providencia y del Amor a los pobres y se arrodilla ante él. Nosotros quizá por mucho menos que este hombre abandonamos y renegamos de Dios y de su Providencia. El leproso sabe por el misterio de la fe que Dios todo lo puede, basta sólo que lo quiera hacer. Y Jesús quiere hacerlo:



“Jesús conmovido, extendió la mano y lo tocó. Diciendo: quiero, queda purificado” (Ib. 40). Sin embargo Jesús no deja de lado la ley de Moisés y le dice al leproso curado, para que se cumpla la ley: “Ve a presentarte al Sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés” (Ib44).



El amor puede hacer legítima la transgresión de la ley en determinados preceptos, pero no autoriza nunca la actitud de algunos que bajo el pretexto de una mayor libertad en el ejercicio del amor, querrían liberase de toda la ley. Es ciertamente el amor la primera ley, pero el amor no es auténtico sino va ordenado a Dios en el cumplimiento de la ley y si no pone a Dios y su voluntad por encima de todo. No sería nunca lícito infringir la ley por propio capricho o por deseos desordenados.



Jesús se compadece y tiene “lástima” del leproso por causa precisamente de su enfermedad que destroza el cuerpo y aísla al hombre. Pero tiene más lástima de la “lepra que destroza el alma”. Y cuánta lepra del alma flagela hoy al mundo: el alma del hombre destruida, sin valores, sin Dios, sin patria, en soledad con la sola compañía de los males de la droga, el sexo y la pérdida lastimosa del tiempo.



La actitud de fe del leproso nos deja una enseñanza y quizás también una esperanza: nuestro corazón herido por los males del tiempo, lastimado, como el leproso, podría arrodillarse ante el Señor y decirle: ¡Señor, si quieres, puedes curarme!



Jesús puede sanar y quiere hacerlo, para eso también ha venido al mundo y se compadece. Jesús tiene presente las miserias, los sufrimientos y los pecados que atormentan al hombre y Él, como Salvador, las llevará sobre sí mismo. Jesús es el Siervo Sufriente, el Cordero que toma sobre sí la lepra del pecado, aparece también “despreciado, desechado por los hombres, abrumado de dolores como ante quien se aparta el rostro, tan despreciado que lo tuvimos por nada” (Is.53, 3). Pidamos al Señor el don de la fe y del amor que nos lleve a decir: ¡Señor, si quieres, puedes curarme!



Que la Virgen Madre no lleve hacia Jesús, que Él nos toque, limpie las impurezas y las heridas de nuestra alma y nos traiga su salvación



  
+ Marcelo Raúl Martorell
Obispo de Puerto Iguazú
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