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“La humildad de corazón y la obediencia a Dios pueden vencer a las tentaciones”

El obispo de Puerto Iguazú, monseñor Marcelo Martorell, en su homilía dominical recordó que la comunidad católica vive el tiempo de Cuaresma. “Cuarenta días de preparación a la Pascua, con una actitud de oración y penitencia. Recordamos a Israel que peregrina a través del desierto en búsqueda de la Tierra Prometida, durante 40 días y 40 noches, recordamos el desierto del Señor antes de su vida pública, en donde fue tentado por el Demonio. Dos polos  en los que se desarrolla la historia de la salvación: el pecado de la humanidad y la redención de Cristo”.

Domingo I de Cuaresma (A)


Comenzamos hermanos el tiempo de Cuaresma, cuarenta días de preparación a la Pascua, con una actitud de oración y penitencia. Recordamos a Israel que peregrina a través del desierto en búsqueda de la Tierra Prometida, durante 40 días y 40 noches, recordamos el desierto del Señor antes de su vida pública, en donde fue tentado por el Demonio. Dos polos  en los que se desarrolla la historia de la salvación: el pecado de la humanidad y la redención de Cristo.


La liturgia de la Palabra (Gen. 2,7-9; 3,1-7) nos recuerda que toda criatura y especialmente el hombre ha salido de las manos de Dios, hecho a su imagen y semejanza, que vive en la inocencia y en el gozo de la amistad con su Creador. Pero el maligno está al acecho e hiere al hombre con tres tentaciones contra Dios. Le dijo el Señor al hombre: “del árbol del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él morirás sin remedio (Gn.2, 17). Y aparecen las tentaciones de incredulidad ante la Palabra de Dios: “de ninguna manera morirás” (Gn.3, 4); tentación de soberbia: “seréis como dioses” (Ib. 5) y tentación de desobediencia.
El hombre no pudo resistir a la ilusión de elevarse a la categoría de Dios y, por buscar su propia grandeza frente al plan divino, se precipitó a la ruina arrastrando consigo a toda su descendencia. Pero Dios sabe que el hombre fue engañado y aunque lo castiga, le promete un Salvador que lo liberará de la atadura del pecado y de la muerte.


Para llevar a término esta promesa el Hijo, por quien todo fue hecho, no vacila en hacerse pequeño anonadándose a la categoría de verdadero hombre, semejante a él en todo, menos en el pecado; sometiéndose incluso a la tentación del Demonio, como lo leemos en el evangelio del día (Mt. 4, 1-11). Aquí, lo mismo que en el Paraíso, el Diablo se presenta con tres tentaciones: contra la sumisión, la obediencia y la adoración que sólo a Dios debe tributarse: “Si eres el Hijo de Dios haz que esta piedras se conviertan en panes” (Jesús tiene hambre)…”Si eres  el Hijo de Dios tírate abajo, porque está escrito…a sus ángeles te encomendará”…”Todo esto se te dará si te postras y me adoras”. Podría  Jesús usar de todo su poder y gloria, pero es el Siervo de Yahvé, que es enviado a salvar a los hombres con la humildad, la pobreza, la obediencia y finalmente la cruz. Y Jesús no se aparta ni un ápice del camino que Dios le ha trazado; lo que fue un triunfo en el Paraíso para Satanás, aquí se transforma en una derrota: “apártate Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a Él darás culto” (Ib. 10).


En Romanos, Pablo describe en una sola frase toda la historia de la salvación: “así como por la desobediencia de un solo hombre, todos los hombres fueron constituidos pecadores; así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos”. La transformación de la vida, es cierto, se cumplirá en el Calvario; pero todo comienza en el desierto cuando Jesús rechaza a Satanás. Así “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Ib. 20) y la salvación llegó a todo el género humano mediante la  humildad y la obediencia de Cristo al Padre. Y todo hombre en la fe, la humildad de corazón y la obediencia a la voluntad del Señor, puede vencer a las tentaciones del maligno y habitar en la casa del Señor.


Será pues necesario en este tiempo meterse en el mismo misterio de la cruz, reflexionar sobre el pecado, especialmente el de soberbia y sentir la necesidad del Salvador, sentir la necesidad de algo más de lo  que nos ofrece el mundo y sus circunstancias. Dice el Señor: “Yo estoy a la puerta y llamo, quien quiera oír mi voz, ábrame las puertas de su corazón y Yo entraré en él…y seré su amigo…y conversaremos…y cenaremos juntos” (Ap. 3,20). Tengamos siempre presente que Él nos lleva con su gracia a la salvación y nos ofrece contemplar a Dios como es El, cara a cara y ganar así la felicidad de la Vida Eterna.


Este, mis hermanos, es el tiempo propicio no dejemos de aprovecharlo. El amor de Dios nos  alienta. La gran tentación del hombre de hoy es tan vieja como la vida misma: la soberbia de creerse Dios que comienza mostrándose como la no necesidad de Dios en la vida cotidiana y termina haciéndonos ocupar su lugar. Hemos dejado a Dios de lado, pecando de soberbia y no pensamos que Dios puede dejarnos a nosotros solos sin su asistencia. Los que viven en la humildad de la fe, viven sus vidas en la necesidad de la presencia de Dios, en su auxilio en los momentos difíciles de la vida, en el amor a su Providencia, en la necesidad de su Misericordia y de su Amor.


Que la virgen fiel y obediente nos ayude en esta Cuaresma a vivir la penitencia y la oración que nos acercan a Dios.



  + Marcelo Raúl Martorell
Obispo de Puerto Iguazú


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 

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