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Obispo Martinez pide “globalizar la solidaridad”

“Este 9 de julio hemos rezado en la Misa de las 20 el Te Deum en nuestra Catedral, la oración por la Patria. En ese mismo día en que los argentinos recordamos la Independencia Nacional, también celebramos a Nuestra Señora de Itatí, Patrona de nuestra Diócesis de Posadas. Esta advocación de la Madre de Jesús, es una devoción antigua y querida por el pueblo de Dios de nuestra región del nordeste argentino”, escribió el titular de la Diócesis de Posadas, monseñor Juan Rubén Martínez. La lectura de este domingo, que se refiere a la parábola del sembrador “puede ayudarnos a comprender la necesidad de no tirar semillas en vano, en la superficialidad del materialismo, a las aves rapaces del egoísmo y la soberbia que destruyen todo, sino en buena tierra para que den fruto: “un grano dio cien, otro setenta y otro treinta”.


Carta del Obispo de Posadas – 15º domingo del año – 10.07.2011


“GLOBALIZAR LA SOLIDARIDAD”


El 9 de julio hemos rezado en la Misa de las 20:00 hs. el TEDEUM en nuestra Catedral, la “oración por la Patria”. En ese mismo día en que los argentinos recordamos la Independencia Nacional, también celebramos a Nuestra Señora de Itatí, Patrona de nuestra Diócesis de Posadas. Esta advocación de la Madre de Jesús, es una devoción antigua y querida por el pueblo de Dios de nuestra región del nordeste argentino.


En realidad María siempre acompañó a la Iglesia. Desde su mismo nacimiento, en la mañana de Pentecostés. Ella estuvo junto a los Apóstoles: “Todos ellos (los Apóstoles), íntimamente unidos se dedicaban a la oración, en compañía de algunas mujeres, de María, la Madre de Jesús…” (Hch. 1,14). Desde los primeros siglos, los cristianos veneran a María con diversas advocaciones ligadas a temas teológicos, como “María, Madre de Dios”, proclamada en los primeros siglos, o bien en referencia a los lugares donde la Iglesia Evangelizaba. En América Latina, desde que la fe cristiana llegó a nuestras tierras, María “nuestra Madre” siempre estuvo presente. A María de Itatí que siempre nos acompaña, le hemos pedido en nuestra fiesta patria para que interceda ante nuestro Padre Dios, por todos los argentinos.


La lectura de este domingo (Mt. 13,1-23), que se refiere a la parábola del sembrador puede ayudarnos a comprender la necesidad de no tirar semillas en vano, en la superficialidad del materialismo, a las aves rapaces del egoísmo y la soberbia que destruyen todo, sino en buena tierra para que den fruto: “un grano dio cien, otro setenta y otro treinta”.


Al celebrar el día de la Independencia hemos considerado la necesidad de replantear nuestra identidad cultural latinoamericana, en nuestra Patria y Provincia, en el contexto de un mundo que acentúa el fenómeno de la globalización en este inicio del siglo XXI. Sería un despropósito no tener en cuenta la memoria histórica, clave de la identidad de un pueblo, que permite proyectarse con consistencia hacia el futuro.


En el documento de Aparecida se señalaba al respecto: “La realidad social, que describimos en su dinámica actual con la palabra globalización, impacta, por tanto, antes que cualquier otra dimensión, nuestra cultura y el modo como nos insertamos y apropiamos de ella. La variedad y riqueza de las culturas latinoamericanas, desde aquellas más originarias hasta aquellas que, con el paso de la historia y el mestizaje de sus pueblos, se han ido sedimentando en las naciones, las familias, los grupos sociales, las instituciones educativas y la convivencia cívica, constituyen un dato bastante evidente para nosotros y que valoramos como una singular riqueza. Lo que hoy día está en juego no es esa diversidad, que los medios de información tienen la capacidad de individualizar y registrar. Lo que se hecha de menos es más bien la posibilidad de que esta diversidad pueda converger en una síntesis, que, envolviendo la variedad de sentidos, sea capaz de proyectarla en un destino histórico común. En esto reside el valor incomparable del talante mariano de nuestra religiosidad popular, que, bajo distintas advocaciones, ha sido capaz de fundir las historias latinoamericanas diversas en una historia compartida: aquella que conduce hacia Cristo, Señor de la vida, en quien se realiza la más alta dignidad de nuestra vocación humana” (43).


Considerando esta memoria histórica e identidad cultural, ante el nuevo desafío que presenta el fenómeno de la globalización, favorecido por el rapidísimo avance tecnológico de las comunicaciones, nuestro tiempo requerirá impregnar esta globalización de la solidaridad, evangelizándola y humanizándola. En Aparecida se señalaba: “Se verifica, a nivel masivo, una especie de una nueva colonización cultural por la imposición de culturas artificiales, despreciando las culturas locales y tendiendo a imponer una cultura homogeneizada en todos los sectores. Esta cultura se caracteriza por la autorreferencia del individuo, que conduce a la indiferencia por el otro, a quien no necesita ni del que tampoco se siente responsable. Se prefiere vivir día a día, sin programas a largo plazo ni apegos personales, familiares y comunitarios. Las relaciones humanas se consideran objetos de consumo, llevando a relaciones afectivas sin compromiso responsable y definitivo” (46).


En el texto del Evangelio de este domingo, el Señor explica la parábola del sembrador. Nuestro tiempo necesita de hombres y mujeres que reciban como las semillas, la Palabra de Dios en tierra fértil, que la escuchen, la comprendan y puedan producir frutos. “Globalizar la solidaridad”, será uno de los grandes desafíos para nuestro tiempo.


¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!                


Mons. Juan Rubén Martínez


 


 


 


 


 

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