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Obispo Martorell: “Bendito el que viene en nombre del Señor”

Este domingo abre la Semana Santa, “recordamos a Cristo entrando triunfalmente a Jerusalén que se verificó exactamente el domingo antes de su Pasión”, expresa en su homilía dominical el obispo de Puerto Iguazú, Marcelo Martorell. “Es la única manifestación pública de Jesús, pues él se había opuesto siempre a ellas y hoy él mismo se deja llevar en triunfo. Ahora que está preparado para su oblación en la cruz, se deja llevar triunfalmente aceptando su aclamación pública como Mesías”.

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor



“Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel”



Este domingo abre la Semana Santa, recordamos a Cristo entrando triunfalmente a Jerusalén que se verificó exactamente el domingo antes de su Pasión. Es la única manifestación pública de Jesús, pues él se había opuesto siempre a ellas y hoy él mismo se deja llevar en triunfo. Ahora que  está preparado para su oblación en la cruz, se deja llevar triunfalmente aceptando su aclamación pública como Mesías y es precisamente en estos momentos en que se aproxima la Pascua acepta esta aclamación, porque muriendo en la cruz será  verdaderamente el Mesías, el Redentor, el Salvador.



Pero es un rey distinto al que conoce Israel, es un rey manso y humilde  que viene montado en un asno y proclamará su realeza en los tribunales de Pilatos y se pondrá solamente en la cruz de la redención ese título de Rey. Para que se cumpla el oráculo del Profeta Zacarías: “alégrate mucho hija de Sión! Grita con júbilo, hija de Jerusalén! Mira que tu Rey viene hacia ti, él es justo y victorioso, es humilde y está montado sobre un asno, sobre una cría de asna” (Zac. 9,9 y Mt. 21,5).



En nuestra cultura moderna el asno carece casi de importancia, pero en las épocas de Jesús era el transporte de los notables y esta borrica no había sido montada todavía siendo reservada para algún personaje religioso o sagrado del momento y fue así “trono portátil para el Rey Mesías”. Y aquellos que lo vieron y luego lo acompañaron algunos cientos quizás -niños y adultos- que Lucas dice “espontáneamente comenzaron a alabar a Dios y San Juan dice que los discípulos recordaron las maravillas que habían visto obrar por él y lo que estaba escrito sobre él.



Sin duda alguna el Espíritu ha suscitado esa espontánea aclamación a Jesús, quizás no lo entendían toda la realidad de su significado: que Jesús se encamina a través de la Pasión y la Muerte a la plena manifestación de su realiza divina. Ellos no podían comprender el pleno significado de esta aclamación y menos aún que un rey y libertador se encaminara a la muerte y a la muerte ignominiosa de la cruz. Ella y la resurrección suscitaron la fe de muchos y hoy esa misma fe -crecida y madura- hace que  los fieles  repitan -si pueden comprender su profundo significado- lo que dice en nombre del pueblo el misal romano: “Tú eres el Rey de Israel y el noble Hijo de David, tú, que vienes Rey bendito, en nombre del Señor. Ellos te aclamaban jubilosamente cuando ibas a morir, nosotros celebramos tu gloria ¡oh Rey eterno!



Hoy la liturgia nos invita a seguir a Jesús al Calvario, donde muriendo en la Cruz triunfará para siempre sobre el pecado y la muerte. Estos son los sentimientos de la Iglesia que se expresan cuando, al bendecir los ramos, ora para que el pueblo cristiano complete el rito externo “con devoción profunda, triunfando del enemigo y honrando de todo corazón la misericordiosa obra de salvación” del Señor. Unirse a Cristo en su Pasión y Muerte, honrando su Pasión, es el modo más firme de saber triunfar con Cristo del enemigo, que es el pecado.



Leamos con detención las lecturas de  la Misa, que nos introducen plenamente en la Pasión del Señor. El Profeta Isaías y el Salmo Responsorial nos revelan los detalles de la Pasión y el Profeta las relata con tremenda realidad: “ofrecía la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban la barba. No oculté mi rostro a insultos y salivazos” (Is.50, 6). Esta es la Voluntad del Padre y el Siervo del  Señor está total y sumisamente orientado a ella y con el Padre, Jesús quiere el sacrificio de si mismo por la salvación de los hombres: “El Señor Dios me ha abierto el oído y yo no me he rebelado ni me he echado atrás” (Ib.5). Por eso le vemos arrastrado a los tribunales y de estos al Calvario, y tendido sobre la Cruz: “me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos” (Sal.22). A esto vemos reducido al Hijo de Dios, por un solo y único motivo: “el amor”. Amor al Padre cuya gloria quiere resarcir y amor a los hombres a los que quiere reconciliar con el Padre. Sólo un amor infinito puede explicar las humillaciones de Jesús: “Cristo a pesar  de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo” (Fil. 2, 6-7). Cristo lleva a los límites extremos su renuncia a hacer valer su condición divina. Se despoja totalmente de todo lo suyo tomando la condición de esclavo. Se somete al suplicio de la Cruz y a los más amargos insultos y los soporta solamente por amor. Por amor entregó su vida, por amor fundó la Iglesia y por amor nos conduce a la liberación total, al final, cuando él venga en toda su gloria.



La Iglesia nos propone la Pasión de Cristo con toda su cruda realidad para que quede claro que él siendo verdadero Dios, es también verdadero hombre y que como tal sufrió y anonadando todo vestigio de su naturaleza divina, se hizo hermano de todos los hombres hasta compartir con ellos el sufrimiento, el dolor y la muerte y todo esto para hacer al hombre partícipe de su divinidad.



Hoy comienza la Semana Santa, vivamos con un corazón bien dispuesto a seguir los pasos de Jesús en su Pasión, Muerte y Resurrección y unidos a él encontremos nueva vida y renovados en él podamos ser participes de la renovación del mundo y de la sociedad que nos rodea.



Que la Virgen al pie de la cruz nos asocie a la cruz de Jesús.



  + Marcelo Raúl Martorell
Obispo de Puerto Iguazú



 



 

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