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Obispo Martorell: Cristo tiene sus brazos abiertos de par en par

La fiesta solemne de Cristo Rey cierra el año litúrgico constituyéndose en el recuerdo total de su misterio de amor y de grandeza en la historia. Nosotros confesamos que Jesucristo es el Señor de la historia, de su principio y fin y de la plenitud del futuro de la historia.

Solemnidad de Cristo Rey
“Venga a nosotros tu Reino” (Lc. 11,2)



La fiesta solemne de Cristo Rey cierra el año litúrgico constituyéndose en el recuerdo total de su misterio de amor y de grandeza en la historia. Nosotros confesamos que Jesucristo es el Señor de la historia, de su principio y fin y de la plenitud del futuro de la historia.



La primera lectura de este domingo (2 Sam. 5,1-3) nos trae el relato de la unción de David como guía, pastor y rey de Israel, figura profética de Cristo, rey y pastor de todos los pueblos. En la segunda lectura, San Pablo (Col. 1,12-20) ensalza la realeza de Cristo. Cristo es rey porque tiene la primacía absoluta delante de Dios y de los hombres: es imagen del Dios invisible, es la figura perfecta y visible  que revela al Padre. Quien lo ve a Él, ve al Padre (Jn. 14,9). Es el primogénito de toda criatura (Col.1,15), es primero en el pensamiento y en el amor del Padre; anterior a toda la creación. Toda criatura fue hecha a imagen de Él.



Por Él y para Él fueron hechas todas las cosas. Cristo es la Palabra Eterna por quien fueron hechas todas las cosas. A la vez, es el Rey que rige y el Sacerdote que consagra y santifica la humanidad y la ofrece al Padre para su gloria. Cristo es también el Salvador de la humanidad caída por el pecado a la cual redimió con su sangre constituyéndose salvador definitivo de ella. Y todos los hombres salvados por Él constituimos su Reino, su Iglesia, de la que Él es su Cabeza, su Esposo y su Pastor.



Por su encarnación, Dios se abaja hasta lo más hondo de la condición humana, se hace hermano de los hombres y por  su pasión y muerte se constituye en “el primogénito de entre los muertos” (Ib.18) que un día resucitarán con Él. Dios se solidariza con el género humano y su historia, en la encarnación del Hijo Amado. Verdaderamente Cristo es el primero en todo y en Él, el hombre lo encuentra todo: la vida plena, la redención, el perdón de los pecados (Ib.14). Dios es un Dios que viene al hombre y a su historia y por eso “debemos dar gracias al Padre,…que nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido” (Ib. 12-13).



En la cruz de Cristo colgaba el título de rey escrito en latín, griego y hebreo: “Este es el Rey de los Judíos”. El sentido de su realeza se da a conocer en el diálogo conmovedor con el llamado “buen ladrón” (Lc. 23, 35-43). Todos se burlaban de él diciéndole: “Si eres el Rey de los judíos sálvate a ti mismo” (Ib. 37). En cambio el buen ladrón le dice: “acuérdate de mí cuando estés en tu reino” (Ib 41-42). Este hombre se reconoce culpable, pero tiene fe. Una fe que lo ilumina y que lo lleva a reconocer la realeza de Jesús que es rechazada por los sacerdotes y jefes del pueblo. Este hombre reconoce, no un Cristo glorioso, sino a un Cristo humillado, moribundo, justo y santo. Su fe es premiada con estas palabras pronunciadas por el mismo Cristo Jesús: “te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Ib. 43). Cristo conoce con quien habla y sabe que ha expiado con su cruz los pecados del ladrón arrepentido y lleno de fe. A Dios no le importa el pasado de pecado del hombre, pero sí le importa su futuro y su futuro eterno y pleno. 



Desde su cruz Cristo atre a sí a todos los hombres y tiene sus brazos abiertos de par en par para recibir a todo el que se arrepienta y crea que Él es el Salvador. Con su muerte nos da la vida y vida en abundancia. Es el Buen Pastor que salva a la oveja perdida. Es el Rey que establece su reinado que tiene como ley el amor y el servicio. Quien cree, se arrepiente y ama podrá escuchar aquellas mismas palabras pronunciadas por Jesús: “hoy estarás conmigo en el paraíso”.



Como seguidores de Jesucristo debemos procurar que Él reine en toda nuestra vida y que toda nuestra historia esté orientada hacia Él. En el Padrenuestro Él nos enseña a pedirle al Padre que venga a nosotros su reino de amor, de solidaridad, de servicio, de justicia y de paz, un reino donde se busque hacer la Voluntad de Dios, se dignifique y aprecie la vida de los hombres en todas sus etapas y manifestaciones.



Que María, Reina del Amor Eterno, nos acerque al amor de Cristo.




+ Marcelo Raúl Martorell
Obispo de Puerto Iguazú



 



                                                                                             



                                    



 



 

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