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Obispo Martorell: el amor es el primero y más decisivo de los mandamientos

La liturgia de este día gira alrededor del tema de la Ley del Señor: “Escucha la voz del Señor, tu Dios, guardando sus preceptos y mandatos” (Deut. 30,10). Dios ha pactado con el hombre su alianza y le ha comunicado su voluntad.

Domingo XV Durante el Año



“Señor, tu palabra esté en mi boca y en mi corazón para ponerla en práctica”
(Deut. 30,14)



La liturgia de este día gira alrededor del tema de la Ley del Señor: “Escucha la voz del Señor, tu Dios,  guardando sus preceptos y mandatos” (Deut. 30,10). Dios ha pactado con el hombre su alianza y le ha comunicado su voluntad. Esta Ley está escrita en el corazón de los hombres desde el día mismo de su creación y por lo tanto acorde a su corazón. “El precepto que yo te mando hoy no es cosa que te exceda, ni inalcanzable; está muy cerca de ti, en tu corazón y en tu boca, cúmplelo” (Deut. 11,14). La Ley de Dios pide al pueblo que viva según la Palabra de Dios, que lo ama e invita a amarlo. Para poner en práctica esto es necesario estar disponible y abierto a su palabra y a la acción del Espíritu Santo.



Jesús es la Palabra de Dios, su Verbo, que se hizo carne y vino a morar en medio de los hombres, revelando de un modo pleno la voluntad divina, expresada en los mandamientos. El evangelio de hoy presenta a Jesús que habla con un doctor de la Ley el cual lo interroga acerca de cual es el mandamiento primero de la Ley. Jesús le responde: “el amor a Dios y al prójimo”. El doctor interroga al maestro, no para aprender, sino para ponerlo a prueba y termina su consulta preguntándole: “¿y quién es mi prójimo? Y es aquí donde Jesús le responde con la parábola del buen samaritano. No nos olvidemos que los samaritanos son extranjeros y extraños a la Ley, sin embargo Jesús le cuenta la historia de un hombre atacado por bandoleros, que fue dejado a la orilla del camino, herido y despojado de sus bienes. Dos individuos pasan a su lado, un sacerdote y un levita, quienes lo ven tirado y herido pero siguen su camino sin preocuparse de él. Solamente el tercer hombre -que era samaritano- se compadece de él, se detiene, lo socorre y le brinda todo su auxilio, incluso gasta su dinero para que lo curen.



La conclusión a la pregunta de esta parábola es fácil: todo el que está a tu lado es tu “prójimo” sobre todo cuando está necesitado de ayuda y éste debe ser amado como cada uno se ama a sí mismo. La parábola obliga al doctor de la Ley a reconocer que quien cumple con la Ley no necesariamente es un hombre instruido en ella, como era el caso del sacerdote y del levita,  sino que hasta puede ser un samaritano con un corazón tierno, aunque sea considerado por los judíos como incrédulo y pecador. El que tiene un corazón duro y egoísta encuentra mil maneras para justificar su falta de caridad y de solidaridad con el prójimo. Poco importa, en efecto, conocer la moral a la perfección y discutir en torno a ella, cuando no se cumple con los deberes más elementales como los que plantea la parábola. El que tiene un corazón duro y egoísta siempre encontrará suficientes excusas para eximirse de ayudar al prójimo, sobre todo cuando el tener que hacerlo produce incomodidad, exige sacrificio, abnegación y esfuerzo.
 
Jesús no quiere hablar con el doctor en forma magistral, como lo hacen los doctores y los fariseos sino que emplea simples parábolas para explicar la Palabra de Dios y más aún cuando ésta hace referencia al amor, que es la ley fundamental de la vida y de la relación con Dios. El amor lleva en si mismo su justificación. El evangelista Juan afirma con profundidad que  “Dios es amor” y San Juan de la Cruz nos recuerda que “en la tarde de la vida seremos examinados en el amor”.



La segunda lectura nos deja esta enseñanza: “Jesús es imagen del Dios invisible y primogénito de toda criatura” y quiere ser reconocido y amado por los hombres en la imagen humilde y visible del prójimo. Los hombres y mujeres de hoy tenemos que tener presente en nuestras vidas la imagen del buen samaritano para considerar a quien está al lado como a nuestro prójimo y brindarle toda nuestra ayuda, especialmente cuando está necesitado o abandonado.



El amor es el primero y más decisivo de los mandamientos, es el criterio para ver si estamos en la verdad. El mundo de hoy necesita que cambiemos el corazón, que le mostremos que es posible transformarlo por el amor y que con esta fuerza transformadora que nos da el Espíritu Santo podemos ser constructores de una sociedad nueva. Los grandes males del mundo de hoy son posibles porque Dios está ausente en el corazón del hombre y vive indiferente, como si Dios no existiera. No se puede construir una sociedad nueva sin Dios y sin Él es imposible la solidaridad, el amor al prójimo y una vida más humana y más digna.



Pidamos a la Santísima Virgen, nos ayude a colmar nuestro corazón con el amor de Dios y nos enseñe a vivir verdaderamente el amor al prójimo.



  + Marcelo Raúl Martorell
Obispo de Puerto Iguazú
 



 



 



 



 

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