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Obispo Martorell: el hombre no debe sentirse seguro de su amor, sino más bien poner su seguridad en Dios

El titular de la Diócesis de Puerto Iguazú, monseñor Marcelo Martorell, explica que la liturgia de este domingo “nos ofrece un triple testimonio de la Resurrección: La aparición de Jesús en el lago de Tiberíades, la declaración de Pedro y de los Apóstoles ante el Sanedrín y la visión profética de la “gloria del cordero” en el Apocalipsis”.

III Domingo de Pascua



La liturgia de este domingo nos ofrece un triple testimonio de la Resurrección: La aparición de Jesús en el lago de Tiberíades, la declaración de Pedro y de los Apóstoles ante el Sanedrín y la visión profética de la “gloria del cordero” en el Apocalipsis.



La aparición de Jesús en el lago va acompañada por hechos singulares: la pesca milagrosa de ciento cincuenta y tres peces, la comida preparada en la playa por el Resucitado, la entrega del primado a Pedro. Impulsado  por su amor a Jesús, Pedro ha sido el primero en seguirle y terminada la comida, el Señor lo examina precisamente sobre el amor. Debió serle muy penoso a Pedro ser interrogado tres veces sobre un punto tan delicado, pero de este modo Jesús lo inducía -delicada y veladamente- a reparar su triple negación y le enseñaba que el hombre no debe sentirse seguro de su amor, sino más bien poner su seguridad en Dios. Pedro lo intuye, y a la tercera pregunta se “entristece”, pero lleno de humildad responde: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo” (21,17). Sobre esta confesión humilde y segura Pedro es constituido Cabeza de la Iglesia. Y para que sepa que no se trata de un honor sino de seguir al maestro y sufrir lo que él sufrió, le dice: “cuando eras joven, tú te ceñías e ibas donde querías, más cuando envejezcas, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará donde no quieras (ib18).



La primera lectura de los Hechos nos muestra a Pedro en su puesto de jefe de los Apóstoles mientras son arrastrados al Sanedrín por haber predicado en nombre de Jesús. Después de haber protestado que es “preciso obedecer a Dios ante que a los hombres” (Hech. 5,29), Pedro repite con franqueza el anuncio de la resurrección: “El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús  a quien vosotros habéis dado muerte suspendiéndolo de  un madero”. Pedro acaba de salir de la prisión, pero no teme, aunque sabe que le podrán suceder cosas peores, ha colocado toda su confianza en el Resucitado y ha comprendido lo que le había dicho: que debía seguirle en sus tribulaciones. Dice Pedro: “nosotros somos testigos de esto” (la Pasión y Resurrección del Señor) inspirado por el Espíritu Santo que Dios otorga a los que le obedecen. El Espíritu es quien habla por boca de los que obedecen al Señor a costa de cualquier riesgo. Para los Apóstoles este riesgo se convierte en seguida en realidad porque son sometidos a la flagelación soportándola con alegría porque habían sido dignos de padecer ultrajes en nombre del Señor. Este es el testimonio que el Señor espera de todos los cristianos, un testimonio libre de respetos humanos y libre también del miedo a los riesgos y peligros. Es necesario saber que la fe vivida convence al mundo más que cualquier otra apología.



Al testimonio de la Iglesia militante, siempre imperfecto a causa de la debilidad humana se une  el de la Iglesia triunfante, libre ya de debilidades humanas, que canta a grandes voces la gloria de Cristo Resucitado: “Digno es el Cordero, que ha sido degollado, de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fortaleza, el honor la gloria y la bendición” (Ap.5,12). Himno de amor y reconocimiento de todos los hombres que se repite en la liturgia eucarística: “¡Tuyo es el poder, el reino y la gloria para siempre”! El cristiano alaba y bendice al Señor glorioso no sólo con la lengua y el gesto, sino también y sobre todo con la vida y las obras.



La liturgia humana es acción de gracias a Dios que no abandona a sus hijos, acción de gracias por redención obrada por el Hijo fue redimido y por la asistencia del Espíritu de Dios para obrar bien y porque con la fe seguida de obras da testimonio de lo que expresa con los labios. Tengamos presente esta realidad para que nuestra alabanza a la gloria de Dios no quede vacía y hueca.



Que la Virgen, Madre del Resucitado, nos acompañe siempre en la confesión y vivencia de nuestra fe.



 



 



 



 



 




 

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