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Obispo Martorell: “Jesús, viniste al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero”

El pueblo elegido en ausencia de Moisés se ha construido un becerro de oro. Dios indignado por esa infidelidad piensa castigarlo destruyéndolo, tal como lo hizo con Sodoma y Gomorra, en tiempos de Abrahán. Ahora el pueblo tiene a Moisés. Dios le dice: “veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz, por eso déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos; pero de ti haré un gran pueblo” (Ex. 32, 9-10).

Domingo XXIV Durante el Año



“Cristo Jesús, viniste al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero”
(1 Tim. 1,15)



El pueblo elegido en ausencia de Moisés se ha construido un becerro de oro. Dios indignado por esa infidelidad piensa castigarlo destruyéndolo, tal como lo hizo con Sodoma y Gomorra, en tiempos de Abrahán. Ahora el pueblo tiene a Moisés. Dios le dice: “veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz, por eso déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos; pero de ti haré un gran pueblo” (Ex. 32, 9-10). Moisés no interviene como lo hizo Abrahán por diez justos para salvar de la destrucción a Sodoma y Gomorra. Moisés no piensa en la promesa que Dios le hizo, no piensa en sí mismo, sino que quiere salvar a todo el pueblo que ama y -como un día hiciera Abrahán- eleva a Dios una súplica llena de audacia.



No puede apoyarse para su defensa en un determinado número de justos porque todo el pueblo ha pecado, pero apunta osadamente al amor que Dios tiene por Israel. Moisés le recuerda a Dios los prodigios con los que lo ha sacado de Egipto, le recuerda las promesas hechas a los patriarcas le dice que debe indultar a su pueblo por la reputación de su nombre. En este episodio Moisés se yergue como un gigante en lucha con Dios para obtener la salvación de su pueblo. Moisés actúa como mediador y Dios le escucha.



Pero hay un mediador infinitamente más poderoso que Abrahán o Moisés y es Jesucristo, el cual no necesita luchar con Dios para obtener misericordia para con la humanidad pecadora porque Él mismo es el precio que salda el pecado con su sangre en la cruz. Jesús viene, más bien, a manifestar al mundo el gozo de Dios por la conversión de los pecadores y lo manifiesta de un modo muy especial con las deliciosas parábolas de la misericordia (Lc. 15, 1-32) que nos ofrece el evangelio de hoy. En todas ellas se pone de manifiesto la alegría por la conversión, porque lo que estaba perdido ha sido hallado.



El pastor cuando encuentra la oveja perdida “se la carga sobre sus hombros muy contento” (Ib. 5), vuelve a su casa y llama a sus amigos y vecinos para que se alegren con él. La mujer que había perdido su moneda, después de haber buscado en todos los rincones hasta hallar la moneda, hace algo parecido y expresa: ”Felicitadme, he encontrado la moneda que se me había perdido” (Ib. 9). Mucho más hace el padre de la parábola cuando ve que regresa el hijo que lo había abandonado hace tiempo.



El padre no piensa en reprenderle, sino en hacer una fiesta: ”celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado” (Ib. 23-24).



Hizo una fiesta tan grande que suscita la indignación de su hijo mayor. Jesús mismo enseña: “Os aseguro que habrá más fiesta en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión” (Ib. 7). Entonces podemos preguntarnos ¿ama Dios más a  los pecadores convertidos que a los hijos que siempre han permanecido fieles a El? La respuesta es la que da el padre al hijo mayor, celoso por el recibimiento hecho a su hermano: “hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo” (Ib. 31). ¿Acaso no es grandísima fiesta estar siempre con Dios y gozar de todos sus beneficios y sus bienes? Estas parábolas no quieren decir que Dios ame más a los pecadores que a los justos, sino que intenta manifestar el gozo con que se acoge a los pecadores arrepentidos y pretende enseñar a los hombres cómo deben alegrarse por el retorno de los hermanos pecadores, abriéndoles el corazón con una bondad semejante a la de Dios.



San Pablo, recordando su pasado, proclama la misericordia de Dios y con un entusiasmo parejo a su humildad proclama: “Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores y yo soy el primero” (1 Tim.1, 15). ¡Qué gran fiesta hubo de haber en el cielo por la conversión de este hombre que correspondió con tanta grandeza a la gracia divina! ¿Y quien puede decir que no necesita convertirse? La conversión es un don de Dios que nos hace mirar en nuestro corazón y en nuestras acciones el infinito amor de Dios para con nosotros que nos impulsa a responder también con amor comprometido.



Pidamos a la Virgen Madre que nos lleve por el camino de la conversión a todos los que humildemente nos sentimos pecadores.



  + Marcelo Raúl Martorell
Obispo de Puerto Iguazú



 



 



 



 



 



 



 



 




 

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