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Obispo Martorell: todos estamos llamados a la conversión y a la salvación

Dios es misericordia infinita e inagotable. Dios es creador y todo subsiste por su Voluntad. Dios que ha creado al hombre en un acto de amor y lo recrea de nuevo día tras día en un acto de misericordia, con el que remedia sus debilidades, perdona sus culpas y lo redime del mal.

Domingo XXXI del Tiempo Ordinario



“Eres misericordioso con todos, todo es tuyo, Señor que amas la vida” (Sab.11, 26)



Dios es misericordia infinita e inagotable. Dios es creador y todo subsiste por su Voluntad. Dios que ha creado al hombre en un acto de amor y lo recrea de nuevo día tras día en un acto de misericordia, con el que remedia sus debilidades, perdona sus culpas y lo redime del mal.



La primera lectura de este domingo (Sabiduría 11, 23-24) expresa claramente el amor y la misericordia de Dios: “Te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras tus ojos a los pecados de los hombres para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no odias nada de los que has hecho”. Es la misericordia de Dios la que permite que el hombre siga subsistiendo, pues en su misericordia, Dios continúa amándolo y manteniéndolo con vida a pesar del pecado y de su infidelidad, pues Dios lo ha hecho para El y no puede dejar de amarlo y llevarlo de alguna manera a la salvación. Dios mira el corazón del hombre y utiliza todos los medios de la gracia para rescatarlo si está perdido o para poseerlo totalmente si ya le pertenece.



El Evangelio de hoy (Lc.19, 1-10) muestra claramente cómo el amor de Dios provoca la conversión de Zaqueo, el publicano. Jesús entra en Jericó y Zaqueo -que era de baja estatura- se sube a un árbol para ver a Jesús que pasa. Zaqueo desea conocer al Maestro de quien tanto ha oído hablar y de cuya bondad con los publicanos ha escuchado. No nos olvidemos que los publicanos eran personas esquivadas y odiadas por todos a causa de su dependencia de empleados del Imperio Romano. Zaqueo era el jefe de los publicanos del lugar y por lo tanto más odiado que los otros. A Zaqueo no le interesa lo que la gente piense de él; solamente le interesa ver al Señor y espera su paso espiándolo desde arriba del árbol. Jesús al pasar, lo mira con amor y le dice: “Zaqueo baja enseguida porque hoy tengo que alojarme en tu casa” (Ib. 5).



Jesús no mira el pecado de Zaqueo, enriquecido con el dinero de la gente; no lo desprecia ni se lo reprocha. Jesús sólo ha mirado su corazón. Zaqueo, que nunca habría imaginado tal proposición de parte del Maestro, baja del árbol y acoge a Jesús en su casa lleno de gozo. La gente se escandaliza, pero Jesús no hace caso. Jesús ha tocado su corazón y tiene cosas importantes para tratar con él. Esta mirada y la actitud de Jesús provoca que Zaqueo exclame: “Señor, la mitad de mis bienes se los doy a los pobres y si de alguno me he aprovechado, le devolveré cuatro veces más” (Ib. 8). Zaqueo ha cambiado su vida. Bastó la mirada de amor del Señor hacia su corazón para que su conciencia quede iluminada. No nos olvidemos que para este hombre sólo existía la realidad del dinero, ganándolo incluso a costa de injusticias y de sufrimiento ajeno.



El deseo sincero de ver a Jesús y de conocerlo, aunque sea de lejos, abrió su corazón a la gracia y por ella fue tocado y transformado. El amor de Dios no discrimina injustamente y vela por todos. Especialmente llega al corazón de los pecadores que se han alejado de Él, pues éstos son los que necesitan del médico, son los enfermos del alma. Por su apertura a la gracia y por su respuesta de amor al amor de Jesús, Zaqueo pudo escuchar de sus propios labios: “hoy ha llegado la salvación a esta casa porque el Hijo del Hombre ha venido a salvar y buscar lo que estaba perdido” (Ib. 9-10). El publicano -a quien los fariseos consideraban perdido sin remedio- se le ofrece la salvación y él la acepta abriendo su casa y su corazón al Salvador.



Todos somos mirados con el mismo amor con que el Señor miró a Zaqueo. Todos estamos llamados a la conversión y a la salvación. En el libro del Apocalipsis, el Señor nos dice: “mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta de su corazón, vendré a él, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo”(Ap. 3,20).



Dios en su infinita misericordia nos ofrece día a día su amor, que es para nosotros conversión y amistad con Él. Dios pasa hoy ante nosotros. No rechacemos esta oportunidad que nos brinda el Señor en su gran amor. No tengamos conformidad con nosotros mismos, con lo que estamos haciendo y cómo lo estamos haciendo. Busquemos y encontraremos algo más, encontraremos al Señor que nos está llamando.



Que la Virgen madre del amor eterno nos ayude a encontrar al Jesús de la misericordia.



  + Marcelo Raúl Martorell
Obispo de Puerto Iguazú



 



 



 



 



 



 



 



 



 



 



 



 



 



 




 

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