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EDITORIAL

Tiempos de leer las señales de la sociedad, realizar autocríticas y advertir nuevos escenarios

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La semana que acaba de concluir ha sido pródiga en señales de parte de la sociedad que debieran leer tanto el oficialismo como la oposición a nivel nacional, mientras en los poderes territoriales se analizan también lo acontecido. Es muy posible que, en todos los ámbitos, sea posible hallar una suerte de “fatiga” en torno de caminos trillados que no han conducido demasiado lejos.

Y en los que tal vez solo pueda reivindicarse como valioso el enorme esfuerzo hecho por las Provincias para sostener la gobernabilidad, aún a costa de retardos en los envíos de fondos que mucho tienen que ver con las realidades internas de las propias poblaciones. La prueba y error del Gobierno de la Nación no sólo importó “costos” para la gestión del presidente Mauricio Macri, sino que también vino acotando a los mandatarios provinciales ya se trata de los propios o los aliados, como de los opositores.

La ley anti-tarifazo tensó todas las relaciones y hasta desde el oficialismo nacional se intentó una autocrítica generalizada: “el costo es de toda la clase política por no haber encontrado el consenso necesario para hallar una salida”. Pero el mal de muchos definido con tanta generalidad difícilmente logre resultados positivos. Antes bien, cada quien deberá analizar sus propios comportamientos y ver que en el país las grandes respuestas son las que permanecen pendientes. O lo que es lo mismo decir: la gente está necesitando ver senderos posibles, salidas a la crisis.

En nada ayuda la manipulación permanente de los medios de comunicación hegemónicos, como tampoco la justicia que procede con similar conducta. La “fatiga” los alcanza de pleno y el menor encendido es una respuesta que también debería leerse.

Sumarle a la crisis económica una profundización de la crisis política no es “negocio” (en el sentido de la negación del ocio) para nadie. Y los ensayos verbales de convocar a un acuerdo nacional de las fuerzas políticas deberían trasladarse a los hechos y ser incluyentes. Es decir incluir a las fuerzas políticas y a los sectores de la economía –capital y trabajo-. Ahora se está a las puertas de un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, una institución de mala memoria para los argentinos. Y mientras se intentó presentarlo con nuevo perfil, se recurre a las viejas prácticas que llevaron a la descalificación: imaginar que un Poder Ejecutivo puede llevarse todo por delante y así demostrar una supuesta “fortaleza” que presuntamente habría de ponerlo en las mejores condiciones para negociar con el organismo externo. Como si las personas que viven dentro del país como las que forman parte del FMI pudieran ignorar la complejidad del momento que vive la Argentina.

Habrá que convenir por otra parte, que ninguno de los actores nacionales ni provinciales son los mismos que hace dos años y medio. Que en lo que resta de este año y en el próximo que será electoral, habrán de cobrar vida nuevas realidades políticas. Y muy posiblemente lo mejor que pudiera pasarle a todos sería encontrar una institucionalidad en la que la diferencia construya y el pluralismo por fin gane presencia, fructifique en beneficio del bienestar general.

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