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Cumpleaños en el fin del mundo: ciudad hermosa, gente cálida y mucha historia, con la temible prisión, para estudiar

Nacionales

“Es una ciudad hermosa, la gente muy hospitalaria, muy cálida” comentaron las abogadas Micaela Gacek y Evelyn Jahn sobre su visita a Ushuaia, en una entrevista en vivo con C6 Digital.

Las misioneras fueron al sur a festejar el cumpleaños de una de ellas, y entre los lugares que recorrieron, fueron a “la cárcel del Fin del Mundo”, uno de los penales más temidos que hubo en Argentina. Funcionó durante 43 años, entre 1904 y 1947.

Fue una de las prisiones con más seguridad que había, y esto era por las condiciones climáticas y el aislamiento geográfico de la provincia de Tierra del Fuego.

Esta penitenciaría alojó entre sus reclusos a Cayetano Santos Godino, apodado el “Petiso Orejudo”, reconocido por ser uno de los primeros asesinos en serie del país.

Los presos realizaban trabajos, contaron las profesionales, donde se les pagaba $0,90 centavos por día, ya que, en el caso de ser liberados, ellos mismos eran quienes debían pagar sus gastos de pasaje para regresar a sus ciudades natales.

Ellas visitaron el museo en primera instancia, y luego pasaron por los demás espacios habilitados. “Hay un pabellón que se mantiene intacto, tal cual estaba” contó Gacek, y después continuó  “la verdad que traspasar a ese pabellón es lo que te impresiona”.

En su estadía pasearon por lo que fueron las celdas, “se mantiene el piso y las dimensiones de las celdas, que literal es un 2×2” expresó Jahn. También fueron a los baños, en donde se realizaban muchos de los castigos o torturas, y algunos espacios comunes y pasillos.

Respecto a esta experiencia, confesaron que lo primero que sintieron fue el frío, y que, “después es como tenebroso, escalofriante te diría porque está con las luces apagadas, si cerrás las puertas, rechinan, tienen las ventanas altas cosa de que no puedas ver el paisaje siquiera”.

Explicaron, además, que en el invierno, lo máximo que se les permitía a los prisioneros era abrir las puertas que daban al pasillo, durante una hora para que ingrese el calor “que tampoco califica como calor”.

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