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Opinion Política

(Por: Ricardo Rouvier) Puede ganar el peronismo o el antiperonismo y la matriz neoliberal estará ahí omnipresente. De los reformismos existentes, nosotros podemos avanzar construyendo nuestro propio camino. ¿Se podrá?

En pocos días el Gobierno cumplirá un año desde su asunción y, si bien no vamos a hacer un balance exhaustivo de gestión, sí queremos señalar nuestra percepción en función de los desafíos que enfrenta la actual administración en diversos planos y sus respuestas. El Frente de Todos tomó el gobierno con un legado coyuntural muy complejo, fruto de la mala o muy mala gestión de Juntos por el Cambio y en particular de su Presidente Mauricio Macri. En términos más técnicos podemos decir que el estado de la macroeconomía presentaba una situación tan grave que puso al país en default técnico, una vez más. El primer error del nuevo gobierno fue la consigna del propio Alberto Fernández de “no hablar del pasado” cuando en realidad debería haberse hecho y presentado, un estado de situación a la sociedad.

Decir la verdad sobre la herencia el primero día debería haber sido uno los hechos políticos y de comunicación como punto de partida de la nueva gestión. La experiencia indica que lo que no se dice el primer día, no puede cerrarse; y al paso del tiempo la culpabilidad se va diluyendo. Además, y en términos políticos, el contexto mundial, regional, pero también el local establecía una complejidad que condicionaba a “la política”. A eso se le agregó una inesperada pandemia que puso a prueba la eficacia de la conducción gubernamental de la campaña. Hoy el balance, para el gobierno, da bien, pero mucho menos que en marzo/abril pasado. La vacunación anticipa una recuperación de la esperanza sanitaria y política.

La gestión ejecutiva día a día actúa condicionada por las herramientas que la historia económica clásica ha universalizado y son de autoría del neoliberalismo. Si hoy discutimos, afirmamos o negamos el “ajuste”, lo hacemos dentro del perímetro conceptual dominante. Se identifica una filosofía económica basada en el protagonismo de los mercados, relativizando o disminuyendo la presencia del Estado en la producción y distribución de bienes y servicios. Los principios se fundan en la vigencia de los mercados, la búsqueda de la tasa de ganancia, el aumento de la productividad y la sociedad de consumo. La vertiente financiera de las últimas décadas comprada por Macri generó lo único que podía generar, negocios de corto plazo, fuga y desinversión. Es decir que de las versiones de la línea filosófica hegemónica nos tocó al peor alumno; tan mal alumno que desde diciembre del 2017 hasta el final ensayó groseramente algunas medidas populistas.

Justamente un gobierno nacional y popular apunta a revertir la situación determinada desde el reformismo, a través de la intervención de un Estado controlado por un gobierno afín. Pero, queremos decir que porque se ganen elecciones no se supone que cambia la matriz productiva y social de un país en forma automática. Ni tampoco que la educación haga otra cosa que acentuar los valores fundantes de la meritocracia. En esta etapa no revolucionaria de la historia mundial, no hay otro camino que transitar por el reformismo pero, como es obvio, éste vive condicionado y toma de prestado muchas prácticas y subjetividades propias de los dominadores. Si se habla del neoliberalismo como el enemigo, no hay otra opción en política que apelar a la violencia. Cosa que, obviamente, es imposible y entonces quedan las consignas como promesas fatuas.

Y estos condicionamientos son los primeros que asoman en el abordaje de un este nuevo gobierno, en donde se practica una duplicidad entre un lenguaje prometedor de la justicia social y decididamente anti neoliberal, y la acción cotidiana de la subordinación sistémica, que ha llevado a nuestro país a tener la pobreza y la desigualdad que tiene. Más allá de las alternancias en el gobierno, hay un sistema que ha funcionado por encima de las superestructuras políticas, gobernara el peronismo o gobernara el antiperonismo. Sí se diferencian en que en los gobiernos populares se intenta un mejoramiento en la distribución de bienes y servicios y un Estado más presente. Pero no alcanza para sellar reformas económicas por varias décadas.

Hoy ya nadie puede asegurar eso, mientras se despliegan las políticas de normalización macroeconómica. El FMI puede haber cambiado su tono y estilo, pero sigue siendo uno de los instrumentos centrales del capitalismo, con Trump o con Biden que, aunque tengan diferencias de enfoque, ambos saben que el corazón sistémico no se toca. El gobierno de AF, que habla con todos los factores de poder, vacila entre el Estado ambulancia y un Estado que fija objetivos productivos y distributivos. Se registran oscilaciones alrededor de la urgencia de la restitución social o guiar un shock productivo/exportador. ¿Ambos objetivos son posibles en simultaneidad ? .Falta, convertir estos deseos irreprochables, en acciones políticas concretas, que solo es posible construyendo un poder superior al marco administrativo gubernamental.

Hay dos planos que hay que distinguir y son confundidos habitualmente; uno es el plano estructural en el que se encuentran los dispositivos hegemónicos y otro el espacio público de la política profesional. El gobierno es una fracción del poder, no es todo el poder. Si uno cree que los gestos antiimperialistas o contrarios al sistema bastan para asegurar cambios profundos, está equivocado o está engañando a alguien. Los intersticios que se producen entre ambos planos hacen que algunos peronistas manifiesten que “falta peronismo” en el gobierno, por su ejercicio blando del poder que permiten que el interés privado sectorial siga anteponiéndose al interés del Estado. A veces el rechazo camina por senderos más ideológicos que califican negativamente la “socialdemocracia del Pte”, pero no es posible considerar “más peronismo” sin tener en cuenta la restitución del Movimiento.

Y esto señala inmediatamente la necesidad de una conducción política nacional de acuerdo a los parámetros dados por Perón y con la actualización de las herramientas de comunicación. Hoy, el peronismo es un grupo de micro poderes, algunos más fuertes que otros, pero no hay ni unidad política regional dentro del país, ni la voluntad de incrementar las redes de comunicación dentro de un movimiento con dispositivos insulares. También hay que señalar que se observa en forma muy manifiesta en el ejercicio de la política, la ruptura generacional y el desconocimiento de lo que Perón denominaba la Comunidad Organizada

Si AF renuncia al albertismo, es que accede a que los espacios sean ocupados por otras fracciones internas. De todos los centros de poder que tiene hoy el peronismo, parece que La Cámpora se consolida como la organización política de mayor presencia en el gobierno y en áreas críticas de lo público. Esto, deja afuera a varios gobernadores y al massismo, aunque la ambición superestructural por la gobernanza como única misión de la política, genera alianzas hoy insospechadas. Hay una izquierda en el peronismo y en el progresismo que logró envergadura en los 70, que se percibe como gesta y nos recuerda la existencia de una guerra contra el neoliberalismo, alentada por una juvenilia apasionada.

Por supuesto que es mejor este ritmo actual de la gestión que el frenesí de los ideologismos que nos conducirían a un túnel sin salida. La realidad a un año de gobierno es una verdad que no nos satisface plenamente y todo indica que la frazada está quedando corta por todos lados. Pero no hay duda de que muchas veces se ataca al Gobierno desde la no política, desde alternativas que no son viables o niegan las dificultades existentes, ante los cuales el Poder Ejecutivo trata de lograr el equilibrio entre las fracciones interiores y exteriores.

El Gobierno debería impulsar un mayor compromiso de los gremios, los movimientos sociales, los sectores estudiantiles y profesionales en sus decisiones, y el Presidente debiera ser un referente que unifique la diversidad. Parecería que Alberto Fernández no tiene otra opción que asegurar una dinámica de conducción única, manteniendo el diálogo y escuchando a todos.

A fines de octubre a través de una carta difundida en su cuenta de Twitter, CFK llamó a sellar un acuerdo con los sectores políticos, económicos, sociales y mediáticos, ante la gravedad de la situación. Bueno, esta propuesta que se ha planteado muchas veces, a la fecha, sólo se traduce como reuniones del Gobierno con sectores parciales e individuales. Es decir que todavía estamos por debajo de las promesas y ratificando buenas intenciones.

Las reglas económicas y políticas del neoliberalismo fundantes de la argentina moderna siguen vigentes, no renuncian aunque uno tenga el gobierno. Puede ganar el peronismo o el antiperonismo y la matriz estará ahí omnipresente. De los reformismos existentes, nosotros podemos avanzar construyendo nuestro propio camino. ¿Se podrá? O por el contrario estos dispositivos superestructurales generarán percepciones parciales que no logren llegar al fondo de los problemas.

rrouvier24@gmail.com