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Opinión

El Cabildo de la Revolución, una historia de reformas y mutilaciones

(Por Marcos Augusto Lagardo Gómez). Un día como hoy, pero del año 1933, mediante la Ley N° 11.688, el Cabildo de Buenos Aires recibía por iniciativa del Honorable Congreso de la Nación Argentina la augusta denominación de Monumento Nacional. Finalmente, el magno edificio histórico, punto clave de la epopeya revolucionaria, era honrado tal como se merecía. Sin embargo, para aquel entonces poco quedaba de lo que alguna vez había sido en la mañana del 25 de mayo de 1810. Desafortunadamente la verdadera historia del Cabildo es una historia teñida por incongruencias arquitectónicas, innovaciones fallidas, proyectos calamitosos, demoliciones, reformas y mutilaciones.

Primer emplazamiento

La Ciudad de la Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Ayre -actualmente conocida bajo la denominación de Buenos Aires- fue fundada el día 11 de junio de 1580 por el explorador y conquistador Juan de Garay. De acuerdo a la legislatura de los monarcas españoles establecida en las Leyes de los Reynos de las Indias, alrededor de la plaza de la ciudad -hoy en día conocida como Plaza de Mayo-, debían ser edificados un Cabildo, un Fuerte y una Iglesia. Entre diversas designaciones, oportunamente fueron nombrados alcaldes Rodrigo Ortiz de Zárate y Gonzalo Martel de Guzmán y se formó el Cabildo con seis regidores, ​siendo uno de ellos el general Alonso de Escobar.

No obstante, según los registros oficiales, un edificio apropiado recién fue construido en el año 1608, haciendo uso del solar designado por el mismo Juan de Garay. Previamente los funcionarios se reunían en domicilios particulares. En efecto, el 3 de marzo de 1608, el alcalde Manuel de Frías propuso la necesidad de construir un Cabildo. El 30 de junio del mismo año, el gobernador Hernando Arias de Saavedra, apodado Hernandarias, comunicó que los trabajos ya habían comenzado.

La obra fue financiada por medio de nuevos impuestos a las naves que entraban y salían del puerto de Buenos Aires. En sus inicios era apenas más que un escueto rancho. Si bien originalmente sus paredes eran de adobe y su techo era de paja, con el correr de los años tendrían lugar mejoras significativas.

A principios del siglo XVII, el Cabildo contenía en su interior dos salones: la Sala Capitular destinada a las reuniones de los cabildantes y la cárcel. La construcción de éstas estuvo a cargo del alarife Juan Méndez. Por otra parte, Hernando de la Cueva se encargó de la tirantería, Pedro Ramírez de las puertas y ventanas, Hernando Álvarez del revoque y blanqueo, y unos tejeros brasileros de la techumbre del edificio.

Cabe señalar que la ubicación del Cabildo siempre estuvo en contra de las Leyes de las Indias, dado que éstas establecían que dicho edificio debía ubicarse entre la Plaza y la Iglesia, junto a las Casas Reales y a la Aduana, en un sector más lejano.

Infortunadamente el Cabildo no tardó en quedarse chico puesto que a la brevedad rebosó de presos, por lo que se lo destinó complemente a la función de cárcel, y las reuniones de los cabildantes fueron concretadas en la casa del gobernador y posteriormente, en el Fuerte de la ciudad.

Un nuevo proyecto

Debido a la falta de mantenimiento, el Cabildo sufría de severos problemas estructurales en 1632, por lo que surgió la iniciativa de construir uno nuevo, pero la misma empezaría a tomar forma recién en el año 1635 y finalmente, en 1640 se concretaría. La demora se debió a una escasez de fondos.

En mayo de 1682, las autoridades tuvieron una idea brillante: la edificación de un edificio de dos plantas. La planta baja cumpliría funciones de cárcel para personas privilegiadas, calabozos comunes para hombres y mujeres, cuarto para vigilancia y recintos para jueces y escribanos. Entretanto, la Planta Alta contendría la Sala Capitular y el Archivo. No obstante, la idea fue desechada.

Segundo emplazamiento

Pese a que en 1711 la Corona autorizó a que se realizara una construcción más sólida, la misma no tuvo lugar hasta catorce años más tarde. Tras haber sido rechazado el proyecto de ingeniero Domingo Petrarca en el año 1722 por ser considerado muy costoso, el 23 de julio de 1725 empezó a ser edificado el nuevo Cabildo bajo la dirección de los arquitectos jesuitas Giovanni Battista Primoli y Andrea Bianchi -también conocido por su nombre castellanizado, Andrés Blanqui- y el Maestro de Obras, Julián Preciado.

Inicialmente la planta, a cargo de Primoli, tenía forma de una “u” constituida por un conjunto de recintos. Por otro lado, la fachada realizada por Blanqui adquirió un aspecto con cierto aire barroco de Lombardía. Este último jesuita, fuertemente inspirado por los tratadistas italianos del siglo XVI como Palladio, Serlio y Vignola, decidió implementar el arco albertiano en el austero edificio, ilustrando el motivo del arco triunfal romano. También agregó elementos lombardos tales como pilastras toscanas y cornisa curva.

Lamentablemente la obra no tardó en suspenderse dado la partida de los arquitectos en el año 1728 a la ciudad argentina de Córdoba en donde diseñarían la Catedral de la ciudad. Luego de múltiples suspensiones a causa de falta de presupuesto y episodios esporádicos de trabajo en donde colaboraron figuras tales como los maestros de obra José Antonio Ibáñez y Miguel Acosta.
En 1748, un grupo de carpinteros y herreros liderados por Diego Cardoso dotó de puertas y rejas al Cabildo, y ante la pobreza del Ayuntamiento, la paga consistió en chocolate. En octubre de 1763 fue comprado en Cádiz un reloj que sería destinado a la torre del edificio. Precisamente el 20 de octubre de ese año, se encargó a Juan Sánchez de la Vega la adquisición de un reloj y una campana para la torre. En las compras se invirtieron 2.725 pesos en los que se incluían los gastos de instalación, la que demandó 16 días de trabajo. El reloj fue pagado con cueros y fue montado por el relojero francés Luis Cachemaille. El pequeño dato curioso reside en el hecho de que fue adquirido en situaciones no enteramente legales y el vendedor tardó bastante tiempo en recibir el pago completo.

Aquel reloj era una maquina admirable, pero el sonido de las campanadas perturbaba la paz de la ciudad por lo que el gobernador Francisco de Paula Bucarelli ordenó que fuera silenciado. Cabe señalar que las campanas podían sonar 48 veces en 24 horas. Finalmente, las campanas que antes habían sido silenciadas fueron completamente retiradas en 1809 por orden del virrey Liniers, quien quería evitar que fueran usadas como instrumentos para causar disturbios.

En 1765, se dio por terminada la torre del Cabildo -la cual no sería la definitiva dado que sufriría múltiples modificaciones en cuestión de aspecto y dimensiones en los años venideros-, y en 1767 se amplió la cárcel hacia los fondos del terreno. En 1783 finalizaron la Capilla y se agregaron más calabozos, y en 1794 el edificio fue sometido a una restauración general. El balcón concejil de hierro fue agregado a finales de siglo XVIII.

Revolución de Mayo y años posteriores

La construcción del Cabildo, tal como lo conocieron los patriotas en la época de la Revolución de Mayo, sería llevada a cabo entre los años 1725 y 1764 y posteriormente el edificio sufriría de modificaciones en cinco ocasiones entre los años 1861,1880, 1889, 1931 y 1940.
Por entonces nuestro Cabildo era la cabeza del Virreinato del Río de la Plata, y naturalmente poseía una torre, característica no compartida por Cabildos subordinados tales como el Cabildo de Luján. Asimismo, dicha torre contaba con el escudo de la ciudad por debajo del reloj y una inscripción que señalaba el año 1711.

El Cabildo fue saqueado

Este hecho delictivo ocurrió por primera y única vez el día 4 de febrero del año 1821. Una banda de malvivientes abrió un boquete en una de las paredes y a través de ella ingresaron hasta llegar a la contaduría, de la cual se llevaron 3.200 pesos y un escudo de oro puro. Hasta el día de hoy es un crimen que no ha podido ser resuelto, el cual terminaría siendo una de las fuentes de inspiración para la fundación de la policía de Buenos Aires.

Hora oficial

En 1849, durante el gobierno de Rosas, se decretó que la hora oficial en Buenos Aires sería la que marcara el reloj del Cabildo. El sistema funcionó bien, excepto en la noche del 6 de agosto de 1888 porque la lámpara que iluminaba la esfera del reloj desde su interior se quedó sin querosene y nadie podía ver la hora.

El reloj

Durante los siguientes años el Cabildo se mantuvo sin mayores alteraciones, salvo el reemplazo del reloj que conllevaría cambios estructurales y estéticos en la torre puesto que éste contaba con tres esferas en lugar de una como era el caso de la maquina anterior. En 1860 el reloj fue sustituido por uno adquirido en la casa inglesa Thwaites & Reed. En lo que se refiere al viejo reloj, el mismo fue trasladado a la iglesia de Balvanera, donde volvería a ser sustituido por otro. Hoy por hoy se desconoce su paradero.

A modo de dato curioso, se dice que el predecesor del reloj presentaba fallas, las cuales incrementaron con el tiempo a tal punto de que, según afirma Xavier Marmier, en el tiempo de Juan Manuel de Rosas se habían dado instrucciones a los relojeros de la ciudad que ajustaran sus relojes y cronómetros según el horario señalado por el Cabildo sin importar que éste estuviera mal.

“En la torre del Cabildo, hay un reloj mal atendido cuya aguja caprichosa, se había acostumbrado a correr o a detenerse sobre el cuadrante, con absoluta libertad. Rosas, considerando una afrenta que los relojeros de la ciudad corrigieran diariamente al miserable reloj del Cabildo, los hizo convocar a todos en la Jefatura de Policía donde se les ordenó que, en adelante, dejaran a un lado sus cronómetros y sus observaciones astronómicas para observar el reloj del Cabildo y arreglaran conforme a este reloj la marcha de los suyos.”

“Desde entonces, cualesquiera sean los extravíos en que incurre el reloj del Cabildo, debe considerarse que da la hora legal. Más poderoso que el valiente Josué y que el piadoso Ezequías, el autócrata de la Confederación Argentina no necesita de un milagro de Dios para intervenir el curso de los astros. Él mismo se encargará de fijar la salida del sol y el crepúsculo vespertino.”

El Cabildo con aires italianos

El año era 1879. Buenos Aires seguía creciendo, pero aún estaba insatisfecha con su ya establecida identidad, y por ello decidió tomar prestadas algunas ideas de los italianos. En efecto, las autoridades, enceguecidas por las novedades del viejo continente, resolvieron que era hora de cambiar el aspecto de la ciudad. Ésta ya era vieja para los lugareños. No era suficiente. Fue así que una serie de reformas cambió el rostro de una legión de edificios. Naturalmente, nuestro querido Cabildo no se salvó de la “marcha del progreso”.

El ingeniero y urbanista, Pedro Benoit, quien fue el encargado de trazar los planos de La Plata, fue convocado para cumplir con la tarea de italianizar el Cabildo. Entonces dispuso elevar la torre diez metros y colocar una cúpula azulejada con aires nórdicos. También consideró conveniente deshacerse de las tradicionales tejas. Por otro lado, mandó a que los balcones fueran vestidos con balaustradas. La arcada principal fue enmarcada por columnatas y toda la fachada recibió una suerte de “cirugía estética” que reemplazó el aspecto barroco con aires lombardos por una apariencia italianizada. Fue así que ante los ojos de los ciudadanos no quedó rastro de la época de la colonia. El Cabildo que conoció Belgrano, Castelli y compañía dejó de existir y en su lugar quedó un edificio disfrazado que perdió tanto proporcionalidad como estabilidad estructural. Por fortuna no duraría más de una década porque no tardó en llegar la Era de las Mutilaciones.

La Era de las Mutilaciones

La metrópoli seguía creciendo y era esencial construir caminos más amplios que pudieran cumplir con las necesidades del pueblo. Numerosos edificios fueron demolidos sin respeto alguno por su valor histórico. Desafortunadamente el Cabildo no pudo escapar de las demoliciones. En cuanto el gobierno proyectó la construcción de la Avenida de Mayo se dieron cuenta que el mismísimo Monumento de Mayo molestaba el paso y, por consiguiente, le arrancaron tres arcos. Irónico, ¿no?

El ingeniero Juan Antonio Buschiazzo supervisó la demolición de un costado del Cabildo y aprovechó la ocasión para quitarle la torre porque ésta era tan elevada y desproporcional con el resto del edificio que amenazaba con derrumbarse en cualquier momento.

Ya durante el gobierno del presidente de facto José Félix Uriburu, específicamente en agosto de 1931, se dieron cuenta que el Cabildo seguía molestando. Pese a las protestas de la gente, le quitaron los otros tres arcos del lado sur para abrir la diagonal Julio A. Roca. No tardó en dividirse el pueblo. Estaban quienes consideraban que aquel edificio no era más que una atrocidad arcaica que debía ser destruida de manera inmediata, y otros quienes apelaban que debía ser defendido y restaurado dado que se trataba de un legado histórico. Entre los primeros se encontraba el Intendente José Guerrico, quien afirmó audazmente que se había dado “un paso hacia la total demolición del vetusto edificio que deberá desaparecer cuanto antes pues así lo reclama el progreso de la ciudad”. Éste solicitó al poder ejecutivo nacional que le entregase el edificio a la ciudad.

A favor del edificio salieron diversos periódicos. La Nación estuvo a la cabeza. El pueblo se unió y se manifestó, por lo que el gobierno dio el brazo a torcer y el Cabildo acabó salvándose por poco. En sus páginas de agosto de 1932 el periódico previamente aludido señalaba que “ningún interés puede justificar la destrucción de la reliquia histórica más apreciada por los argentinos”. A continuación, gracias a un proyecto de Carlos Alberto Pueyrredón, el 19 de mayo de 1933, se produjo la sanción de la Ley N° 11.688, la que le confirió al Cabildo de Buenos Aires el título de Monumento Nacional. A partir de entonces fueron presentados varios proyectos que alentaban la preservación de la icónica cuna de la Revolución de Mayo.

Mario Buschiazzo, el salvador del Cabildo

El 28 de abril de 1938 el Poder Ejecutivo Nacional impulsó la creación de la Comisión Nacional de Museos y Monumentos Históricos, que más tarde se instalaría en el Cabildo. Dicha comisión encomendó al arquitecto Mario José Buschiazzo la restauración de la Sala Capitular y las dependencias de la planta alta. A fin de concretar esto, Buschiazzo se basó en planos de Benoit y en una acuarela de Carlos Pellegrini de 1829, y así logró restaurar tanto las salas como el primer piso completo en noviembre de 1939. Aun cuando no pudo reponer el aspecto de la sección posterior dado que no contaba con ilustraciones o planos para guiarse, decidió imitar el aspecto de la sección frontal, aunque exceptuando la presencia de un balcón. Asimismo, pudo recuperar muchísimos de los elementos originales del Cabildo dado que estos habían sido abandonados en el depósito municipal, en el cual aún se hallaban.

En cuanto a la torre se refiere, ésta fue reconstruida en hormigón armado para poder diferenciar las partes nuevas de las antiguas, y aunque fue más baja que la original, resultó ser un cambio apropiado dado que de esta manera podría guardar proporción con el resto del edificio que solo contaba con dos arcos de ambos lados.

A pesar de las críticas, el Cabildo de Buenos Aires fue reinaugurado el 11 de octubre de 1940 y se convirtió así en la primer Monumento Histórico Nacional recuperado siguiendo un método verdaderamente respetuoso y metódico.

Sin embargo, los cambios no se detuvieron allí. Felizmente en esta ocasión no hay razón por la que temer dado que los cambios fueron verdaderamente positivos. En los años subsecuentes, fue modelado un patio trasero con aires coloniales y gracias a la intervención de Alejandro Bustillo, fue construido un edificio que más tarde albergaría la Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos. Finalmente, un sector del muro perimetral ubicado sobre la esquina de la calle Yrigoyen fue alterado con el objeto de dar lugar a la boca de acceso a la estación Bolívar del subte.

Alejandro Bustillo y la Comisión de Museos

En el patio trasero del Cabildo, el arquitecto Alejandro Bustillo diseñó en 1960 el edificio que albergaría la sede de la Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos, la cual, de acuerdo a lo establecido por la Ley N° 12.665, tiene “la superintendencia inmediata sobre los museos, monumentos y lugares históricos nacionales (…) provinciales o municipales”. En cuestión de arquitectura, el edificio consiste en una construcción de dos plantas que respeta el sobrio estil colonial a fin de no quebrantar la armonía del lugar. Su entrada se encuentra sobre la Avenida de Mayo al 556.

El espacio designado a la comisión en 1940 solía pertenecer a la Cámara Civil, la cual se instaló allí en 1879. Luego de una serie de demoliciones, se abrió al público el nuevo Patio del Cabildo, incluyendo un pasaje peatonal semi-público que conecta la Avenida de Mayo con la calle Yrigoyen, y en el cual funciona actualmente un café.

Los aljibes

En la actualidad se encuentran dos aljibes en el patio. Ambos fueron restaurados en el año 2007 por un equipo liderado por el museólogo y restaurador, Alvaro Fortunato, representante por la Argentina del Comité de Restauradores latinoamericanos de metales. La labor fue sumamente ardua dado que existe un método especifico que debe ser seguido a fin de concretar la restauración o, según las palabras del mismo Fortunato, llevar a cabo una “conservación preventiva”. Uno de los procedimientos consistía en emplear compresas de agua oxigenada a la hora de tratar el mármol de los brocales. En lo que se refiere a la pintura de las alzadas de los brocales, ésta no pudo ser quitada mediante el uso de un soplete dado que podría haber derretido el estaño, y es por ello que tuvo que ser retirada meticulosamente a mano.

El aljibe de la casa de Manuel Belgrano

Uno de los aljibes es de estilo barroco americano y fue donado por el Instituto Nacional Belgraniano en ocasión del 165° Aniversario del Congreso de Tucumán tal como reza su placa. Originalmente se encontraba en la casa donde nació y murió Manuel Belgrano, la cual estaba ubicada en la actual Avenida Belgrano al 430 -anteriormente denominada Santo Domingo. Hoy en día ya no existe la residencia puesto que fue demolida para dar lugar al contemporáneo edificio Calmer. No obstante, ésa ya es otra historia.

El brocal es de una sola pieza de mármol de Carrara. En algún tiempo fue recubierto con un revestimiento calcáreo y pintado con látex, lo que sirvió para preservarlo. El arco fue incorporado en la época colonial mediante el empleo de plomo, cuyo punto de fusión es de 327.5 °C. Semejante calor causó que el mármol reventara, para luego ser arreglado de mala manera. Durante las restauraciones, dicho mármol roto fue reparado con marmolina especialmente preparada en mortero. Otra de las medidas de conservación incluyó la realización de un agujero que pudiera detener la propagación de una fisura presente en el aljibe.

Dato curioso: en la época colonial el metal era protegido del óxido con la aplicación de un ungüento especial que combinaba asfalto, aceite ya sea de lino o de oliva, grasa de cerdo y queso.

El aljibe del solar de Venezuela 1070

Por otro lado, existe un segundo aljibe, el cual ostenta, de acuerdo a lo señalado por el equipo de restauradores, un estilo neoclásico, casi isabelino. En nuestros días carecemos de registros fehacientes que nos permitan determinar la exacta procedencia del mismo, pero lo que sí sabemos es que se encuentra acompañado de una placa que afirma haber correspondido al solar de Venezuela 1070. Asimismo, se sabe que desde 1855 pertenecía a Doña Mercedes López de Osornio de Chaves y que fue donado al Cabildo el 24 de diciembre de 1940.

En cuanto al aljibe en sí mismo, su estructura es admirable. Se trata de una sola pieza de mármol de Carrara. Debido a que su interior se encuentra cementado, es posible sospechar que en algún momento cumplió sus funciones en un sitio público en donde su importante peso evitaba que fuese sustraído por cualquier persona mal intencionada. Por otra parte, el sol del arco del brocal está hecho de peltre -una aleación compuesta por estaño, cobre, antimonio y plomo que da como resultado un material maleable, blando y de color blanco que puede asemejarse a la plata.

Museo Histórico Nacional del Cabildo y de la Revolución de Mayo.
En el interior del Cabildo se encuentra el Museo Nacional del Cabildo y la Revolución de Mayo, en donde se exhiben cuadros, retratos, muebles, vestimentas, documentos, armas, joyas y objetos varios con gran valor histórico, los cuales coexisten en armonía con recursos tecnológicos contemporáneos. Entre las piezas patrimoniales se destacan: un estandarte real, el antiguo escudo de armas de la ciudad de Buenos Aires, una lámina de plata y oro que la ciudad de Oruro envió en conmemoración de la victoria argentina sobre las fuerzas inglesas en el marco de las Invasiones Inglesas de 1807, el arca fiscal de Caudales, las pertenencias de los miembros de la Primera Junta, el título de abogado de Mariano Moreno, la imprenta móvil que Manuel Belgrano llevó en una de sus campañas, la medalla otorgada a un esclavo revolucionario, entre otros.

Reformas y mutilaciones, valentía y esperanza

En efecto, la historia del Cabildo de Buenos Aires es una historia de reformas y mutilaciones, pero también es de valentía y esperanza. Valentía de los héroes de la Revolución, aquellos que bien conocemos y también aquellos que persisten en el anonimato o ya cayeron en el olvido. A todos ellos le debemos respeto y eterna gratificación pues hemos llegado a ser lo que somos gracias a su sacrificio, voluntad y persistencia. Esperanza pues aún nos aguarda un futuro lleno de infinitas posibilidades para nosotros, los nacidos en estas tierras, y para todo hombre, mujer y niño que quiera habitar el suelo argentino.

Argentinos, tengamos presentes los errores y aciertos del pasado, apreciemos la lucha de los héroes de nuestra Patria, respetemos y preservemos nuestros monumentos, valoremos lo que hemos conseguido a través de las décadas y perseveremos en la lucha de un futuro más próspero, justo y sensato.

¡Al gran Pueblo Argentino, salud!

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