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Entre el dejar hacer y el hacer con propósitos claros, trasparentes y, si se puede, consensuados

Editorial

La distorsión productiva, económica en general, de la Argentina, es tan conocida por todos como ampliamente ignorada. Y no tiene orígenes extraños, misteriosos, inentendibles. No. Tiene que ver sencillamente con la distribución de la riqueza que genera el país. Y con el “laissez faire” (dejar hacer) que ha imperado en la historia política del país, pudiendo inscribirlo en el liberalismo económico, más allá de que se acepte como teoría económica o se la descalifique.

Ese dejar hacer en los hechos, ha llevado a una inusitada sujeción el país a la producción agrícola de la Pampa Húmeda, casi desde los mismos comienzos de la nacionalidad, a tal punto que habiendo trascurrido nada menos que dos siglos, la Argentina siga aguardando expectante, la liquidación del sector agroindustrial para disponer de divisas, con una formidable concentración empresarial.

La Argentina no tiene más que cereales y carnes? Claro que no. Empieza y termina en la Pampa Húmeda? Apenas un área productora  en el centro del país, con algunas ramificaciones en busca de campos para expandir esa frontera interna. Pero tan solo eso y tanto.

Y por cierto que hay otra realidad, otro país extrapampeano mucho más rico y diverso, con enormes posibilidades de agregación de valor. Inclusive con la enorme perspectiva de incorporar la economía del conocimiento, el desarrollo de las nuevas tecnologías. Encarar producciones siglo XXI desde autos eléctricos a nano satélites, pasando por termómetros infrarrojos inteligentes. Y a ese otro país se lo está conociendo como el de las economías regionales.

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Misiones tiene una de esas economías regionales. Pero la suya es de última generación. Por qué? Porque sigue manteniendo una agroindustria de la materia prima que fue dominante u distintiva: yerba mate, té (la única productora del país), producción forestal. Pero ha sumado y diversificado: agua embotellada, azúcar rubio, piscicultura, ganadería bajo cubierta. Al gobernador Oscar Herrera Ahuad le llevó varios minutos enumerar las producciones de esta rica economía regional que ya no dependía de un monocultivo y su industrialización, cuando se entrevistó con el flamante secretario de Agricultura, Ganadería y Pesca, Juan José Bahillo.

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Al día siguiente se reunía con el ministro de Ciencias, Tecnología e Innovación de la Nación, Daniel Filmus para hablar de las otras producciones: carta intención para el desarrollo de la Agenda Territorial de Ciencia y Tecnología de Misiones. En el entretanto, comenzó la segunda fase de implementación de los nano satélites en los que están abocados la empresa público-privada FanIOT y el programa Fansat.

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El Gobernador decía luego de hablar con Bahillo que cuidar y desarrollar las economía regionales era igual de importante como incrementar las reservas de la Argentina o cuidar su perfil exportador. Porque “el gran caudal de empleo está en las pequeñas y medianas empresas de las economías regionales”. Y sus demandas “no son costosas” lo único que necesitan es ser escuchadas, atendidas, respondidas. Bahillo, de su lado, diría después que el Gobernador dejó en claro que todo el crecimiento debía darse en un contexto de preservación del ambiente.

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Es que esta economía regional misionera no es el resultado del “laissez faire”. Todo lo contrario, es el resultado de adoptar políticas de Estado, consensuando todo lo posible con los actores de la economía y también con los referentes de todo el arco político. Y aunque no siempre fue –ni es- un camino de rosas, se pudo avanzar sin alterar la convivencia partidaria.

Demostrando en definitiva que sí, que se puede hacer. Que el Estado puede ser un respetuoso ordenador, capaz de confirmar a diario que trabaja por el bien común. La meta más alta de la política.

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