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La denuncia que no fue

Opinión Provinciales

Juana, temblorosa y asustada, se acercó hasta la Comisaria de la Mujer de un pequeño pueblo del interior de la provincia. Le había costado mucho tomar la decisión de denunciar a su pareja, un hombre con el que había compartido varios años de su vida. Pero allí estaba, acompañada por Cristina, una amiga que había venido de afuera, de otra provincia y que la animaba a dejar el anonimato, contando sus pesares en aquella comisaria. “allí te van a escuchar y contener”, le decía insistentemente.

Una vez adentro del edificio, despintado y mal iluminado, aquella hora y media de espera le parecieron interminables, pero ya estaban ahí y no quería volver atrás. “Pase por acá”, le dijeron desde adentro de una oficina. “La acompañante se queda afuera”, agregaron.

Con voz entrecortada, como tartamudeando, casi desconociéndose a si misma, comenzó su relato, ante la mirada fija y fría de la persona que la escuchaba y dejaba de mirarla para escribir en su computadora. Habló de los malos tratos físicos recibidos, los insultos y malas palabras y la falta de dinero constante, ya que su pareja debía siempre “atender sus negocios”. “Si querés mas plata, salí a trabajar”, había escuchado muchas veces. El relato se vio varias veces interrumpido por su propio llanto. Había pasado muchos años con todo esto muy adentro, como aquel secreto guardado del que nadie debía enterarse. La funcionaria se disculpó, por no tener a mano algún pañuelo descartable como para socorrerla.

En un momento, su interlocutora, la que a veces la miraba y otras escribía, tomó la palabra para comenzar a contar su propias penurias matrimoniales. Habló de lo mal que la había pasado con su primer esposo, del tiempo que le llevó recuperarse y de las secuelas de aquel dramático tiempo. “Al final” le confeso, “la justicia tampoco hizo mucho y mi ex me sigue molestando como si nada”.

Juana paso del temor al desconcierto por todo lo que estaba escuchando. Sentía calor y frío al mismo tiempo. Parecía que todo daba vueltas a su alrededor y finalmente, se desmayó.

Se despertó varios minutos después y pudo ver a un enfermero que la consolaba diciéndole que se quede tranquila, que este malestar, pasaría rápido. Le dieron un vaso de agua y una aspirina.

Salió al pasillo, se sentó junto a su amiga, que no entendía nada de lo que pasaba a su alrededor. Le dijeron que pase mañana, que la Jefa no estaba y la denuncia debía tener su firma antes de ir al juzgado.

Las medidas

Pasaron los días, con temor reverente y sacrificial se comunicaba con su pareja, ya que este parecía no estar enterado de nada. Una mañana fría, golpearon la manos y al salir se encontró a un policía, que preguntaba por el señor xx. Le comunicó que no estaba, que regresaría a la tarde. El agente se mostró impaciente, le habló de una notificación de parte del juzgado y preguntó si ella podría firmar, así ya se la dejaba. Un tanto desconcertada, firmó y dejó aquel papel doblado sobre la mesa de la cocina.

Cuando su pareja regresó y se encontró con ese papel, ella comenzó a temblar y a preguntarse si había hecho lo correcto. Escucho algunas palabras hirientes dichas por lo bajo y observó con sorpresa, la falta de comunicación de su esposo para con ella.

La indiferencia y el silencio continuaron por varios días. Él permaneció en la casa como si nada hubiera pasado. Entraba y salia sin decir nada, a excepción de algunas frases entre dientes, que ella no alcanzaba a descifrar.

Una mañana, juntó coraje y fue al juzgado, a preguntar que había pasado con su denuncia. Le explicaron que ese era un juzgado de Paz, de tercera categoría y mencionaron algo sobre la competencia. Entendió que su denuncia habría ido a uno más importante, que estaba en otra ciudad, hasta la que debía ir si quería saber algo.

Esperó un par de días y con el poco dinero que contaba, viajó hasta donde estaba el juzgado de primera instancia. Al llegar, le dijeron que sin turno no podían atenderla, “por todo esto del covid vio” y se quedo en la puerta, sin saber qué hacer. Unos minutos después, una señorita muy bien vestida la hizo pasar. Se presentó como secretaria y le comentó que desde el juzgado se habían tomado algunas medidas, como exclusión del hogar y prohibición de acercamiento y que no entendía como su pareja seguía en la casa. Que el señor está notificado, “acá esta su firma” le dijo, haciendo referencia a su propia firma estampada en la cédula de notificación. Le aconsejó ir o llamar a una oficina de la Capital de la provincia, que se ocupaba de todo lo que tenia que ver con las denuncias de violencia familiar.
Pasaron varios días y con el celular de una vecina, llamó a la oficina de la Capital. La atendió alguien de mesa de entradas, que la paso a otra oficina, la que finalmente la comunicó con una tercera. La persona que atendió su requerimiento le pidió el numero del expediente, caratula, juzgado y secretaria ante la cual se tramitaba su caso. Casi sin palabras para responder, escuchó que “igual la jefa de la oficina había salido, que llame en otro momento así habla directamente con ella”.

Cortó desconsolada, sin fuerzas, con muchas ganas de que la tierra se la tragara…..

P/D: “cualquier parecido con la realidad, es pura casualidad”. Hace unos días hablé con Juana. Sigue padeciendo a su pareja, esperando alguna respuesta. Me pregunto: que podremos hacer, entre todos, para que esto cambie?.

POR PABLO HULET.