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Obispo Martínez: “Hay una gran incapacidad de buscar consensos en temas fundamentales”

Posadas Religión

En su homilía dominical, el obispo de Posadas, Juan Rubén Martínez, advirtió que “nos quedamos perplejos en esta época frente a los cambios permanentes y profundos”. “La evolución tecnológica e informática genera cambios esenciales que nos desconciertan y exigen que busquemos comprenderlos y dar respuestas adecuadas”, expresó en su carta pastoral “Cambio de época”.

«CAMBIO DE ÉPOCA»

Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas,
para el 23° domingo durante el año
[04 de septiembre de 2022]

Nos quedamos perplejos en esta época frente a los cambios permanentes y profundos. La
evolución tecnológica e informática genera cambios esenciales que nos desconciertan y
exigen que busquemos comprenderlos y dar respuestas adecuadas. Lamentablemente en
nuestra Patria hemos padecido antes y padecemos ahora, situaciones de total inestabilidad
e imprevisibilidad. A la vez, pareciera que tenemos una gran incapacidad de buscar
consensos en temas fundamentales superando las estrategias y las ambiciones de tener y
poder.

En medio de tantas situaciones complejas, los cristianos necesitamos profundizar y
formarnos en la fe que creemos. Esto nos permite madurar nuestra identidad cristiana
para que, en medio de las luces y sombras de nuestro tiempo, podamos ser constructores
de los valores que profesamos. Servirá para nuestra reflexión la lectura de una parte del
texto «Jesucristo, Señor de la historia», documento escrito por los obispos argentinos con
motivo del año jubilar. En el mismo hay una referencia explícita a la necesidad de afirmar
nuestra identidad en una época de cambios: «El comienzo del siglo encuentra a la
humanidad en un momento muy significativo. Algunas décadas atrás la Iglesia hablaba
del amanecer de una época de la historia humana caracterizada, sobre todo, por
profundas transformaciones. Pero este amanecer no ha concluido. Más aún, aquellas
situaciones nuevas se han vuelto más complejas todavía. Por eso podemos percibir qué es
lo que termina, pero no descubrimos con la misma claridad aquello que está comenzando.

Frente a esta novedad se entrecruzan la perplejidad y la fascinación, la desorientación y el
deseo de futuro. En este contexto se plantean, a veces de un modo oculto y desordenado,
preguntas urgentes: ¿quién soy en realidad? ¿cuál es nuestro origen y cuál nuestro
destino? ¿qué sentido tiene el esfuerzo y el trabajo, el dolor y el fracaso, el mal y la
muerte? Tenemos necesidad de volver sobre estos interrogantes fundamentales. En una
época de profundas transformaciones, la cuestión de la identidad aparece como uno de los
grandes desafíos. Y esta problemática afecta de modo decisivo al crecimiento, a la
maduración y a la felicidad de todos. En este marco, queremos anunciar lo que creemos,
porque el Evangelio es una luz para planteos que nos inquietan» (JSH 3).

En el centro de nuestra identidad como cristianos, está la persona de Jesucristo. Dios
hecho hombre. Es la piedra angular de la creación y de la historia de Salvación. Es tarea de
cada cristiano comprender la centralidad de Jesucristo en su vida y asociarse libremente a
Él. Desde esta reflexión podemos entender la afirmación del texto de este domingo (Lc 14,
25-33). «Junto con Jesús iba un gran gentío, y él, dándose vuelta, les dijo: cualquiera que
venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus
hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo» (Lc 14, 25-26).

Si realmente como cristianos, queremos ser discípulos de Jesús, trataremos de abrir
nuestro corazón a sus enseñanzas. En la Palabra de Dios, en el Magisterio y la comunión
de la Iglesia, nosotros alimentamos nuestra identidad y nuestro discipulado. Cuando
entendemos que este discipulado debemos vivirlo en el mundo, en la familia, trabajo,
política, escuela… comprendemos que la identidad cristiana realmente es un desafío
necesario, para que nuestro aporte sea fecundo en medio de tantas situaciones nuevas y
complejas. El intentar vivir con identidad y coherencia de vida nos permite entender la
exigencia del discipulado que nos pone el Señor. «El que no carga con su cruz y me sigue
no puede ser mi discípulo» (Lc 14, 27).

Un saludo cercano y ¡hasta el próximo domingo!
Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas